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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El místico con espada

Hay mucha gente que no sabe lo que hace; unos para mal, otros para bien. Algunos pecan sin saber que están partiéndole el corazón de tristeza a Dios. Otros hablan con sencillez sin saber que hablan palabras de Dios. El centurión del evangelio de hoy es uno de ellos. Al hablar con Jesús, no supo que estaba dando voz al diálogo entre el Señor y la Humanidad herida.

Voy yo a curarlo, le dice Jesús ante la noticia de la enfermedad del criado. Y llena el aire el eco de una conversación mantenida sin palabras en el seno de la Trinidad. Miran el Hijo y el Padre al hombre, sumido en la muerte y el pecado. Y, movido por el Espíritu –el Amor– dice el Hijo: Voy yo a curarlo. Vendrá el Señor a sanar las heridas de los hijos de Adán. Debería llenarme de alegría, pues tan herido estoy.

No soy digno de que entres bajo mi techo, responde el centurión. ¿Cómo un hombre será digno de recibir a Dios, si nadie puede ver a Dios sin morir?

Basta que lo digas de palabra. Y la Palabra se hizo carne.

Ese centurión era un místico. Y no lo sabía.

(TA01L)

¿Estamos preparados?

Ayer terminaba el tiempo ordinario con una exhortación: Estad preparados. Y comienza hoy el Adviento con la misma advertencia: Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Ya lo he escrito en alguna otra ocasión: Creo que la hora en que menos pensemos es ésta. En Occidente ya nadie piensa, vivimos bajo una nube espesa de sentimentalismo tóxico que ha anulado nuestros cerebros y nos ha puesto en manos de quienes controlan las emociones. Por eso pienso que el Señor debería estar al llegar.

¿Estamos preparados?

Para mucha gente, el comienzo del Adviento es una invitación a mirar hacia delante en el calendario, al 25 de diciembre, e ir encendiendo las luces navideñas. Pero se equivocan. Nada apunta, en la liturgia de hoy, al 25 de diciembre; ese anuncio llegará más tarde. Ahora no se nos invita a mirar hacia delante, sino hacia arriba. De lo alto vendrá el Señor.

Deberíamos estar recogidos, vueltos los ojos hacia el cielo, subidos al Monte Sion, ese lugar del centro del alma donde casi se toca a Dios. Allí, en oración permanente, debemos esperar a Cristo, que viene por encima de las tinieblas del mundo.

(TAA01)

El drama existencial de la albóndiga

Me gustan las albóndigas, pero sólo para comerlas. No quiero ser una albóndiga. Y cuando veo a un cristiano hecho una albóndiga me da mucha pena. Se repliega sobre sí mismo, se hace una pelota y se sumerge en la salsa de sus propias lágrimas mientras entona el Ay de mí, Ay de mí, cuánto sufro y qué poquito caso me hacen. Eso es ser una albóndiga. Mejor comer albóndigas.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida. También podría Jesús haberlo dicho al revés. Porque las inquietudes de la vida, las preocupaciones y sufrimientos llevan a muchos a refugiarse en los falsos placeres. Albóndigas en salsa picante de mentiras.

El Crucifijo es lo contrario de una albóndiga. Está estirado, extendido, alzada la mirada al Padre, abiertos los brazos y clavados los pies en el madero del dolor.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre. Así nos quiere el Señor. ¡En pie! Con los ojos en el cielo, los pies en la tierra y los brazos abiertos. Sursum corda!

(TOI34S)

Lo que dice la higuera

Una gota de agua que cae de un grifo mal cerrado. Un descuido, voy a cerrarlo. Pero escucha primero. Toc… toc… Así se pierden las almas cuando caen sin provecho en la muerte. Pero si esas gotas caen en el vaso en que bebe el hombre, se convierten en vida. Así se salvan y viven vida eterna las almas que se dejan beber por ese Cristo que tiene sed en la Cruz.

Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: cuando veis que ya echan brotes, conocéis por vosotros mismos que ya está llegando el verano.

Habla la higuera, hablan las nubes, habla el agua, habla un pañuelo caído en el suelo. Todo habla, y habla palabras venidas de Dios. Si sabemos escuchar, hasta el detalle más insignificante contiene una declaración de Amor divino. Pedid al Espíritu el don de ciencia para captar ese lenguaje.

Igualmente vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Con «estas cosas» se refiere Jesús a las contrariedades que ha anunciado los dos últimos días. «Estas cosas» son la Cruz. Los sufrimientos, humillaciones y enfermedades son el abrazo del Crucifijo. Y la puerta del cielo. Escuchad.

(TOI34V)

Síndrome de Estocolmo

Lo peor que puede pasarle a un preso es que se encuentre bien. Lo llamamos «síndrome de Estocolmo», ¿no? Le coge cariño al carcelero, le cuenta su vida, juega con él a las cartas y consigue que le den bien de comer. No se está tan mal aquí: no tengo que trabajar, me dan conversación, estoy entretenido y esta noche he dormido bien. Cuando vienen a liberarlo, dice que no, que ésta es su casa y allí se queda, y que no hagan daño al carcelero, que es su amigo.

Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Mientras tanto, serán muchos quienes se horroricen porque el sol se cae, las estrellas se rasgan, los coches se queman y los teléfonos móviles empiezan a explotar pum, pum. ¡Que estoy en mitad de una serie, dad la luz!

Síndrome de Estocolmo.

Sólo quienes no hayan olvidado a Cristo, quienes no hayan dejado de llorar su ausencia, quienes nunca se hayan sentido en casa en este mundo gritarán de júbilo y saldrán gozosos al encuentro del Señor en los aires (1Tes 4, 17).

(TOI34J)

Cuando se haga de noche

Te has encontrado con Cristo como san Pablo, casi sin buscarlo. Aunque él buscaba la verdad… y tú también. Estás eufórico, se diría que vives en una nube, que no tocas el suelo. Rezas, y se te llena de consuelo el corazón. Te he tenido que pedir que «reces» menos, que atiendas a tu familia y a tu trabajo, manteniendo en tu actividad la presencia de Dios. Y me dices que no te cuesta. «¿Cómo puede ser todo tan fácil?», me has preguntado.

Y no te he respondido. Me sonrío, y te espero. Disfruta del día.

Porque se hará de noche. Y, cuando se haga de noche, te costará un esfuerzo levantarte para rezar. Y, cuando reces, te parecerá que no hay nadie al otro lado. Vendrán contrariedades, y te preguntarás si Dios te escucha o te ha dado la espalda. Quizá llegues a creer que lo que ahora estás viviendo era una sugestión.

¿Seguirás entonces rezando a oscuras, sin quitarle un minuto a la oración? ¿Seguirás diciendo, a pesar de los pesares: «confío en ti»? Eso es perseverar. Y con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Pero eso ya te lo diré más adelante. No quisiera aguarte la fiesta. Disfruta.

(TOI34X)

El trabajo de Penélope

Menuda cara se les debió poner a los apóstoles, asombrados por el esplendor y la riqueza del templo, cuando Jesús les dijo:

Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.

Me imagino a mi iglesia, que tiene más de quinientos años, cayendo piedra por piedra sobre el pantano del Valmayor, y me da un soponcio. ¿Para qué me molesto en arreglar el tejado y construir la capilla, si se va a ir todo a hacer gárgaras?

Hay un libro de Jesús Carrasco, «Elogio de las manos», en el que cuenta con qué afán se emplearon su familia y él en reconstruir una casa que sabían que sería demolida. Me hizo pensar. Cuidamos nuestro cuerpo, aunque sabemos que moriremos. Cuidamos nuestras casas, aunque sepamos que se derrumbarán. Y –les digo a los jóvenes– si tuvierais un examen mañana y supierais que ibais a morir esta noche, deberíais procurar que la muerte os encontrara estudiando.

No lo hacemos para crear algo indestructible. Lo hacemos para servir a Dios, que ha puesto ese trabajo en nuestras manos. Y, si lo hacemos con amor, cuando todo se destruya, serán nuestras almas las que gocen vida eterna.

(TOI34M)

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