Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El leproso y la viejecita

En la primera parroquia que me asignaron, allá por el siglo pasado, había una viejecita que, nada más entrar en la iglesia, ignoraba el sagrario y se dirigía, como una flecha, a la imagen del Sagrado Corazón que había en un lateral del templo. Levantaba la mano, acariciaba los pies de la imagen y se la comía a besos. El párroco se enfadaba, porque la imagen se deterioraba con tanto manoseo. Y decidió levantarla un palmo, lejos del alcance de la devota. ¡Teníais que haberla visto a la pobre, intentando ponerse de puntillas para tocar aquellos pies!

Algunos dirán que hay que educar al pueblo, que el sagrario es mucho más importante que cualquier imagen… Quizá tengan razón. Pero entiendo a la viejecita. En su sencillez, sólo sabe amar a Jesús como ama a sus nietos: tocándolo.

Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». ¿Era necesario que lo tocase? Para curarlo, no era necesario. Pero aquel hombre necesitaba sentir que era amado. Y, para eso, las manos hablan.

Con todo, hay un toque aún más excelso. Bienaventurado aquél que es tocado por Cristo en el mismo hondón del alma. Eso es el cielo en la tierra.

(TOP01J)

Buscabas algo y encontraste a Alguien

Aunque se suele señalar el milagro de las bodas de Caná como el inicio de la vida pública de Cristo, la verdadera actividad frenética del Señor comenzó en Galilea y, más concretamente, en Cafarnaún.

La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

A partir de ese momento, la mayor parte de la vida de Jesús de Nazaret transcurrió entre multitudes. Y se trataba de multitudes que buscaban algo: salud, enseñanza, espectáculo…

No es malo buscar algo. Todo buscamos algo. Quizá deberíamos afinar para acertar bien con lo que buscamos, pero estamos todos muy necesitados. Por tanto, nada que reprochar a aquellas multitudes de pobres, hambrientos y endemoniados. Somos parte de esa congregación.

Lo verdaderamente malo es buscar algo, recibirlo y marcharte después. Porque ningún «algo» puede redimir al hombre, aunque ese «algo» sea tan noble como la paz de los espíritus. En nuestros días, muchos la buscan en los gimnasios y las farmacias.

Lo bueno es buscar algo, levantar la vista hacia quien te lo da y encontrarte con Alguien de quien te enamoras para siempre. Entonces estás redimido.

(TOP01X)

Cristo y los escribas

La enseñanza de Jesús no dejó indiferente a nadie. Mientras algunos lo escuchaban encandilados, otros se indignaban y salían enfurecidos. Desde luego, nada que ver con las prédicas de los escribas de la época.

Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Las diferencias eran inmensas. Los escribas desaparecían entre los rollos que leían; Cristo no necesitaba rollos, Él mismo era el origen de su discurso. En Él, su propia persona era más importante que sus palabras, porque entregaba jirones de su alma en cada frase. Nadie recuerda el nombre de aquellos escribas. Pero al nombre de Jesús toda rodilla se dobla.

También es verdad que, ante la enseñanza de aquellos maestros, nadie se levantaba encrespado y abandonaba la asamblea. A Jesús, sin embargo, lo mataron a causa de sus palabras. ¿Es verdaderamente una mala señal que un feligrés abandone la Misa a mitad de la homilía, indignado por las palabras del sacerdote? No necesariamente. Lo malo es que la gente se duerma durante el sermón.

Cuando hables de Cristo, no repitas lo que has leído. Habla de ti y de Él, implícate en tus palabras, pon pasión. ¿Resulta provocador? Mejor que mejor.

(TOP01M)

¡Ponte en pie!

Me hace gracia. Hasta ayer, cuando contemplábamos al Niño Dios en un pesebre, parecía decirnos, desde allí: «Venid a mí». «Venite adoremus», cantábamos.

Pero, de un día para otro, el Niño nos ha crecido, camina y tiene barba. Y ahora ya no dice «Venid a mí» (aunque también se lo escucharemos), sino:

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.

Son momentos distintos que marcan a fuego la vida de un cristiano. Porque la oración es un «Venid a mí». Allí, como en Belén, encontramos descanso en la contemplación del más hermoso de los hijos de Adán. Pero poco nos aprovecharía la oración si no nos levantamos. Tras haberlo conocido y haber caído rendidos y enamorados a sus pies, el Niño se levanta y nos dice: «No te quedes ahí parado. Si me amas, ven conmigo».

Es la hora de dirigirnos con Él al Calvario, la hora de entregar la vida, la hora de hacer verdad el «Te quiero» que se escapó de nuestros labios junto al pesebre.

Vamos camino de la Semana Santa. Y entonces, desde la Cruz, Jesús volverá a gritarnos: «Venid a mí». Y el pesebre se fundirá con el madero. Todo estará consumado.

(TOP01L)

“Misterios de Navidad

Santidad, sorpresa y confianza

Cuando alguien se entrega rendidamente al servicio del plan de Dios, no recibe un manual de instrucciones, ni una «hoja de ruta» con todo el camino detalladamente explicado. Si yo hubiese sabido lo que me esperaba al ordenarme, quizá me hubiera dado la vuelta. Por eso agradezco a Dios que no me lo mostrase. En ninguna otra vida hubiera podido ser más feliz.

Quien se pone al servicio del plan de Dios no conoce el camino. Dios se lo va mostrando día a día, y el hombre debe estar abierto a la sorpresa. María, tras consagrarse como Virgen, no contaba con ser madre, y menos aún madre del Mesías. De ahí la pregunta que le hizo al ángel.

Juan sabía que señalaría, entre los hombres, al Mesías de Dios; era su llamada. Pero lo último que imaginaba era que ese Mesías fuera a pedirle a él que lo bautizase.

Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Juan desconocía el misterio de la Cruz. Ignoraba que Jesús tomaría sobre sí nuestros pecados y nuestros dolores. Pero, ante la insistencia de Jesús, obedeció.

Porque, por encima de todo, la santidad consiste en fiarse de Dios.

(BAUTSRA)

“Misterios de Navidad

No siempre hay que empezar por la página 1

No sé si es una buena idea leer la Biblia entera comenzando por la página 1. No me refiero al índice de abreviaturas, sino al Génesis. Cuando alguien me dice que quiere hacerlo así, me pregunto si será capaz de resistir la definición de todas las medidas del Arca, codo por codo, realizada en el Deuteronomio, o la lectura de los Paralipómenos.

No me entendáis mal. La palabra de Dios es el alimento del cristiano, y debe leerse. Lo que pongo en cuestión es el orden en que se lee.

A quienes me dicen que quieren leer la Biblia desde la página 1 les recomiendo que comiencen, mejor, por el Evangelio de san Mateo. Y que lean varias veces, en oración, los cuatro evangelios y las cartas de san Pablo. Entonces, sólo cuando hayan meditado la vida de Cristo, será el momento de abordar el Antiguo Testamento.

Hoy se ha cumplido esta Escri­tura que acabáis de oír. Porque toda la Ley y los Profetas cobran sentido en Cristo. Y quien conoce la vida de Jesús lo verá retratado en Isaac, en Moisés, en David… y hasta en las medidas del Arca. Preguntad, si no, a los padres de la Iglesia.

(1001)

“Misterios de Navidad

El Dios que camina de noche

Por algún motivo que vale la pena meditar despacio, los grandes acontecimientos de la Historia de la salvación sucedieron de noche. Lo dice un himno litúrgico: «La noche no interrumpe tu historia con el hombre, la noche es tiempo de salvación. Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche. De noche en un pesebre nacía tu Palabra. De noche esperaremos tu vuelta repentina»… Es muy noctámbulo Dios.

Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar. Yo creo que el Señor se manifiesta de noche, no porque le gusten las tinieblas, sino porque nosotros vivimos a oscuras y Él nos quiere iluminar. Somos como aquellos apóstoles, nos cansamos de remar, porque queremos llegar al cielo y el cielo no lo vemos. Y porque, si ya es difícil remar sin ver el puerto, nos azotan los vientos de las pasiones, el mundo y las mil tentaciones que se levantan a nuestro paso.

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Entonces Dios se hace carne, se introduce en nuestra noche y, caminando sobre el agua, nos apacigua. Se mete en nuestra barca y empezamos a cantar «Noche de paz».

(0901)

“Misterios de Navidad

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