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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La mujer fuerte

Esa Virgen en pie sobre un pilar es la plasmación viva, en forma de mujer, de la casa cimentada sobre roca de la que habló Jesús en sus parábolas. La Roca era Cristo (1Co 10, 4).

Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? (Prov 31, 10). Ella es la mujer fuerte. Ante la pobreza de Belén, la persecución de Herodes, las penurias del exilio en Egipto, la pérdida de su Hijo en Jerusalén, la persecución de sus parientes y, sobre todo, fuerte y serena al pie de la Cruz.

De no ser por la ternura con que nos ama, nos daría vergüenza mirarla. A nosotros las riquezas nos han debilitado, nos han vuelto sensibleros. Sabemos llorar y emocionarnos, pero ya no sabemos sufrir. No afrontamos el dolor con valentía, preferimos quitarnos de encima los problemas. Si has quedado embarazada sin esperarlo, mata al niño. Si tu matrimonio va mal, divórciate. Si la enfermedad te ciñe con el dolor, pide la eutanasia. Todo menos afrontar el sufrimiento.

Hemos renegado de la Virgen y su Pilar.

Pero ella nos sigue invitando a volver al Crucifijo. Al Pilar. A la fortaleza de los débiles que todo lo pueden porque se apoyaron en la Roca.

(1210)

Si fuera por Dios…

¿Quién va al cielo?

Quienes fían la respuesta al designio de Dios se equivocan. Si fuera por Dios, todos los hombres irían al cielo.

«Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda». Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.

Dios quiere a todos los hombres en el cielo, malos y buenos. El primero en entrar fue un ladrón. Pero eso no significa que, necesariamente, todos entren.

Mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Nadie entra a una boda a rastras y esposado por la policía. Hay quienes, teniendo abiertas las puertas de la iglesia, no quieren entrar en misa. Tampoco querrán entrar, entonces, en el cielo.

Y hay quien no quiere vestir su alma ni confesar sus culpas para poder comulgar dignamente. «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas».

En ambos casos, la culpa es del hombre. Si fuera por Dios, ninguno de sus invitados se condenaría.

(TOA28)

La dignidad de nuestros cuerpos

Al paso de Jesús, aquella mujer tuvo una intuición poderosa:

Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

Podría pensarse que aquellas palabras fueron inspiradas por el Espíritu, como las de Isabel ante la visita de María. Pero ya he escrito alguna vez que tengo mis dudas. También podría ser que aquella mujer, al ver a Jesús, sintiera una «santa envidia» de la Virgen. ¡Qué suerte tiene la madre de este joven! Ojalá hubiera tenido yo un hijo así, y no el gaznápiro que tengo holgazaneando en casa con treinta y nueve años.

¡Quién sabe!

El caso es que unas palabras muy parecidas podrían dirigírnoslas a nosotros los patriarcas, profetas y reyes de la Antigua Alianza cada vez que nos vieran comulgar.

«¡Bienaventurados vuestros cuerpos, que son bendecidos con la presencia del Dios altísimo!»

No sé si nos damos cuenta del inmenso privilegio que supone una sola comunión. Por ella, nuestros cuerpos, al igual que el de la santísima Virgen, se convierten en morada de Dios.

Si nos diéramos cuenta, veneraríamos nuestros cuerpos, los trataríamos como a un templo, y los conservaríamos castos, dignos de la inmensa gloria con que son bendecidos cada vez que comulgamos.

(TOP27S)

Recogidos y recogedores

La tercera acepción del verbo «desparramar» en el diccionario de la RAE es «disipar la hacienda, malbaratarla, malgastarla». La quinta es «distraerse, divertirse desordenadamente». Por eso, cuando uno hace disparates, decimos que «desparrama». Pero también nos viene bien la tercera acepción.

Antes de padecer, Jesús dijo: Cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí (Jn 12, 32). Y hoy nos dice: El que no recoge conmigo desparrama.

Desde lo alto de la Cruz, Cristo quiere atraerlo todo. Y nosotros, atraídos dulcemente por Él, se lo llevamos. Primero le llevamos lo nuestro: nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestros afectos… Queremos vivir recogidos y como sumergidos en Él, porque sólo en Él encontramos paz. Y queremos, también, llevarle muchas almas, almas de personas que no lo conocen, y las de otros que lo conocen, pero se mantienen a distancia de su Amor. Quisiéramos recoger todo cuanto encontremos y llevarlo a su Cruz. Porque no nos basta con vivir recogidos. Queremos ser, también, recogedores. Hasta los pecados se los llevamos, para que sean redimidos con su sangre.

Por eso, quien no vive recogido y no dedica la vida a recoger malbarata su vida y disparata.

(TOP27V)

La gente más alta

Desde luego, no debe quedar ya nada por inventar. Estaba leyendo en el periódico, pocos minutos antes de escribir estas líneas, que un cierto «Tall People Club» organiza encuentros para gente alta. Como se forme un «Clumsy Priests Club» para curas torpes me apunto en cero coma. Dicen los del Tall People que están hartos de que la gente les pregunte si juegan al baloncesto. Me troncho. A mí me preguntan si he vuelto a derramar las vinajeras.

Y, con todo, aunque no nos apuntemos al Tall People, nadie hay más alto que un cristiano. Porque, mientras mantenemos los pies anclados en tierra, tocamos el cielo con el alma.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Desde la tierra pedimos, porque estamos llenos de necesidades. Y desde el cielo se nos da. Desde la tierra buscamos el camino de Casa. Y desde el cielo se nos envía a Cristo, que es el Camino, para que lo encontremos a nuestro lado. Desde la tierra llamamos, con todas las fuerzas, a las puertas del Paraíso. Y desde el cielo se nos abre la puerta estrecha de la Cruz.

Y todo eso, aunque midas metro y medio.

(TOP27J)

Ella misma es un rosario

Es un detalle simpático el que, en la gruta de Masabielle, la Virgen de Lourdes pasara las cuentas del rosario sin abrir los labios. ¡No iba a rezarse el rosario a sí misma! Era Bernardita, y nosotros, quienes le rezamos el rosario a ella. Pero ella misma es un rosario.

La Virgen María es un rosario, y las horas de su vida son las cuentas. Porque ella se llenó de gozo en la Encarnación y el Nacimiento de Jesús. Ella fue iluminada con sus milagros y su predicación. Ella fue traspasada de dolor en la Pasión de su Hijo. Y ella fue igualmente partícipe de su gloria en su resurrección.

Recorrer las cuentas del rosario es recorrer la vida de Cristo. Pero es, también, acompañar a la Virgen en su caminar junto a Él. No hubiéramos encontrado el modo de explicar el misterio de María si ella misma no nos hubiera dado la llave que abre el secreto de su vida: Hágase en mí según tu palabra. Y esa Palabra es Cristo, su Hijo. Conforme a esa Palabra fue moldeada dócilmente su existencia. A ella le pediremos que ese gozo, esa luz, ese dolor y esa gloria moldeen nuestros corazones.

(0710)

Marta y yo

Marta y yo nos engañamos. La quiero mucho, es mi hermana del alma, una gorda maravillosa y taquicárdica que no tiene filtros a la hora de hablar. Y ella me quiere mucho a mí, porque nos parecemos un montón, aunque a mí los filtros me los ha puesto la edad que quizás ella no tuvo.

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.

Estoy escribiendo estas líneas, tengo toda la mañana ya programada y personas citadas a su hora. Y me llaman del tanatorio, necesitamos una misa de cuerpo presente en hora y media. Y se me altera el pulso, y empiezo a ver cómo reprogramar el día, y venga a llamar a unos y a otros para que no vengan porque voy a un entierro. Y Marta y yo, ella con sus platos y yo con mi agenda, temblamos inquietos y preocupados como idiotas. Porque ambos somos idiotas, sólo que ella es santa y ya ha dejado de ser idiota.

Entonces Marta me abraza y me recuerda las palabras de Jesús: Solo una es necesaria: que estés unido a Jesús. Y yo se lo agradezco y recupero la calma. Adiós, me voy al tanatorio.

(TOP27M)

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