Vivimos en un mundo de vampiros. Como al conde Drácula, la Cruz nos hace huir despavoridos. Y es que, en nuestra ceguera vampírica, no vemos en ella más que dolor. Y el dolor nos repugna. Llegamos a la fiesta de la Virgen de los Dolores, y el mero nombre nos tira de espaldas. En más de treinta años de sacerdocio, no he bautizado a ninguna María Dolores, aunque me han hecho bautizar a alguna «Lola». Sobre María Angustias ya ni hablo.
Pero, repito, estamos ciegos. Porque hablamos de terreno conquistado. Decir María de los Dolores es como decir Sancho de Navarra. Cristo ha hecho suyo todo el dolor de la Humanidad en la Cruz. Y la Virgen se ha adentrado con Él en esa conquista como consorte.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Que alguien clave una estaca en el pecho a los vampiros y encienda las luces. Que brille la Cruz en toda su gloria. María de los Dolores es la Virgen María de mis dolores, la señora de mis penas, que, abrazadas por ella, se han convertido en dulzuras.
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