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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Dos luces tiene el día

divina misericordia«¡Chsssst! No habléis alto, que vais a despertar al niño». Es domingo, son las doce de la mañana, el «niño» tiene diecisiete años y ha llegado a casa a las seis, borracho como una cuba después de pasar la noche de fiesta. Mamá es boba.

El día tiene dos luces. La luz del sol, que es fuego ardiente; y la claridad con que se cuela en el hogar a través de las ventanas, llenando de vida la casa. Mamá debería irrumpir en la habitación del «niño», levantar las persianas y anunciarle que es de día. Si el niño se tapa con la manta, peor para él.

Dos luces tiene la resurrección de Cristo: su cuerpo resucitado, que alegra cielos y tierra, y la claridad con que ilumina el alma. Esa claridad, llamada Divina Misericordia, limpia los pecados y llena de Dios el interior del hombre.

Reci­bid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. Y así la Iglesia, como una buena madre, a través de las manos del sacerdote levanta las persianas del alma en tinieblas y la llena con luces de cielo. No te quedes durmiendo, que ya es mediodía. Acude al sacramento del Perdón.

(TPA02)

El nombre sobre todo nombre

«En aquel tiempo»… Lo normal es que la lectura del santo Evangelio comience así.

Pero hoy no.

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena.

Hoy es el único día del año en que la lectura del Evangelio comienza con el nombre de Jesús. Esta observación parece una niñería, una casualidad, una bobada… pero no lo es. Porque con ese nombre comienza todo.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo (Col 1, 18). Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 1, 9-11).

María Magdalena, cuando lo encontró resucitado, lo llamó «Rabbuní». Te deseo que lo encuentres en esta Pascua. Y lo encontrarás si lo buscas, porque Él ya ha salido a buscarte a ti. Acude a la Eucaristía; comulga, si puedes, cada día, y hazlo con fervor. Reza ante el sagrario. Y cuando el sacerdote lo ponga en tus labios, dile, simplemente, emocionadamente, rendidamente: «¡Jesús!»

(TP01S)

No hay duda, eres Tú

Tú lo tienes todo; yo no tengo nada. Tú has resucitado; yo no paro de moquear. Tú eres la luz y habitas en la luz; yo te sigo buscando en las tinieblas. Tú estás sentado a la derecha del Padre; yo sigo renqueando en el camino a Casa. Y hoy, que vienes a mí y me llamas desde la orilla, esa orilla a la que tanto anhelo llegar, no tienes otra ocurrencia que decirme:

Muchachos, ¿tenéis pescado?

¡Me pides Tú a mí! Y te me acercas como un pedigüeño, como si fueras Tú el que necesitas de mí.

No hay duda, eres Tú. Sigues fiel a tus costumbres. Sacaste agua de una roca para dar de beber a todo un pueblo, y te dirigiste a una mujer samaritana para pedirle agua de un pozo. Alimentaste a los hebreos con el maná, y le pediste cinco panes a un niño.

Eres Tú, sin duda. Y está claro que nada necesitas de mí. Pero me pides limosna porque sabes que mi felicidad consiste en darte cuanto tengo y cuanto soy.

¡Cómo voy a negarte nada, cuando sé que Tú mismo me darás lo que me pides!

Vamos, almorzad.

¡Qué alegría! ¡Eres Tú!

(TP01V)

Por eso no envidio a los ángeles

De los ángeles podría envidiar (santamente) su claridad en el conocimiento de Dios. Y su confirmación en el «sí» que sólo necesitaron pronunciar una vez. Y su gozo espiritual. Y su alabanza perpetua. Y más cosas…

Pero hay una, sólo una por la que no los envidio, y por ella me alegro de ser hombre, con todos los peligros y angustias que conlleva:

Daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

El ángel no tiene carne. No puede besar a la Virgen, como yo sueño poder hacer algún día, ni abrazar a Cristo como espero abrazarlo yo cuando mi pobre cuerpo haya resucitado.

¿Tenéis ahí algo de comer? El ángel no puede comer ni beber. Y a Jesús y a mí nos gusta comer y beber. Y ahora, mientras tú lees estas líneas, yo estaré realizando mis ejercicios espirituales. Y son tan espirituales mis ejercicios que los paso esperando un momento que no siempre llega, pero que algunos años irrumpe como una bendición: el momento en que, por sorpresa, en la cena nos ponen cerveza y tortilla de patatas.

Así de espiritual. Así de carnal. Por eso no envidio a los ángeles.

(TP01J)

Ventanas abiertas al cielo

Quizá ayer pensasteis que el comentario al evangelio era un galimatías. No he subido, pero subo; vengo, pero me voy; estoy, pero no me quedo… Son trabalenguas de borracho. Porque en este domingo, como en Pentecostés, la Iglesia está borracha.

Y, con permiso de la ebriedad, tratará la lengua de explicarlo mejor. El Hijo de Dios no ha venido a la tierra para quedarse donde estamos nosotros, sino para tomarnos y llevarnos a nosotros al cielo, donde Él está. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria (Jn 17, 24).

Les explicó lo que se refería a él en todas las Escri­turas… Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. La Escritura y la fracción del pan, presentes en la Eucaristía, son ventanas abiertas al cielo. Y aunque tus ojos, como los de aquellos dos discípulos, no distinguen el rostro del Señor mientras caminas, al sentarte con Él a la mesa del altar, escuchar la Palabra y recibir su cuerpo, el alma se ilumina por la fe y lo reconoces. Entonces te das cuenta de que, durante la Misa, estás en el cielo.

(TP01X)

No he subido, pero subo

No podemos negarle a Cristo resucitado el derecho al misterio. Él es el Misterio que ilumina la existencia del cristiano con brillos de cielo. ¿Qué tiene, entonces, de extraño que sus palabras sean misteriosas?

No me retengas, que todavía no he subido al Padre… Subo al Padre mío y Padre vuestro. No he subido, pero subo. Es decir, me aparezco a ti en la carne, pero no me retengas, que no nos quedamos aquí, aquí no me puedes retener. Para la carne soy resbaladizo, la visito y me marcho, vengo y me voy. Apenas diez minutos después de comulgar, mi cuerpo ha dejado de estar en el tuyo, porque la carne no puede retenerme. Si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así (2Co, 5, 16).

Subo, sube tú conmigo, ya no desees los consuelos de esta tierra. Buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (Col 3, 1). No consolaré tus sentidos, quedarán muertos y crucificados. Porque habéis muerto (v. 3). Muchos moriréis mártires. Pero llenaré tu alma de cielo. En el cielo podrás retenerme, porque vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (v. 3).

(TP01M)

El sol sale ¿para todos?

Cerca de donde vivo hay un restaurante llamado «El sol sale para todos». Es nombre largo para un restaurante. Los restaurantes suelen llamarse «Casa Pepe» o «La cocina». Ya está. Pero «El sol sale para todos» parece más un poema que un restaurante. Por eso la gente lo acaba llamando elsolsale. Se come bien allí, por cierto.

En todo caso, no parece que el sol salga para todos. O que todos quieran ver el sol. El evangelio de hoy es una postal en blanco y negro. En blanco, las mujeres: Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Están bañadas en luz. Ha salido el Sol, Cristo, y brilla sobre ellas iluminando sus rostros con júbilos de cielo. En negro, los sumos sacerdotes: Dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais». Son todo tinieblas y preocupación.

¿No es así todavía hoy? Ha amanecido, el Sol brilla en lo alto del cielo. Y ¡cuántas persianas bajadas para no dejar entrar la luz! Hasta que los despertemos.

En todo caso, el sol sale para todos.

(TP01L)

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