Lo vi una vez en una obra que hicimos en la parroquia en que estaba entonces. Cómo el jefe de obra, que jamás se quitaba el cigarrillo de la boca, distribuía los trabajos, asignaba las cargas, daba las órdenes… mientras él miraba y fumaba; fumaba y miraba. Nadie se atrevía a decirle nada. Pero yo le pregunté: «Todos éstos se están dejando la piel. ¿Tú que haces?». Me respondió: «Yo superviso». Y se fue al bar a tomar un café, porque supervisar es agotador.
Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Supervisar es poco cristiano. Es mirar desde arriba, sentadito, cómo los demás trabajan duro. Lo cristiano es mirar desde abajo, y mirar a la Cruz. Y contemplar en ella a quien llevó nuestras cargas, y así aprender a hacer el bien (Cf. Is 1, 17). Y elegir siempre la peor parte, la que nadie quiere. Y mostrar a los hombres el camino más con la vida que con consejos de supervisor.
(TC02M)

















