He aquí un pasaje evangélico que podría irritar a toda la progresía contemporánea.
A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Para empezar, esto es antivegano. Aquellos gadarenos deberían dedicarse a cultivar nabos, no a curar jamones. ¡Qué vergüenza!
Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas. Esto es antiecológico. ¿Cómo se le ocurre al Señor permitir que los cerdos contaminen las aguas del Mar de Galilea? Y, peor aún: imaginad a los pobres peces comiendo chorizo. ¡Qué espanto!
Pero, por si fuera poco, es antianimalista. Menuda forma de tratar a los animalitos. Va contra la ley de protección animal.
En resumen, el pasaje es antitodo menos antialma. Porque lo que entendemos gracias a este milagro es que vale la pena perderlo todo por salvar un alma. Que si hay que quedarse sin cerdos, sin jamones o sin ingresos por salvar un alma, bien perdido está todo. Antes morir que pecar.
Le rogaron que se marchara de su país. Seguro que quienes, disgustados por la pérdida de la charcutería, pedían a Jesús que se marchase, también le hubieran agradecido que expulsara los demonios. Pero conservando los jamones. No habían entendido nada.
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