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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¡Sin miedo!

¡Cuántas veces, después de una predicación, me he dicho: «Menudo rollo les has metido»! Estaba cansado y supuse que se me notaría, que faltaría vibración y garra porque no tenía ni lo uno ni lo otro. Y entonces se me acerca alguien dándome las gracias por lo mucho que le ha ayudado la prédica. Cuando se marcha, se me caen todos los complejos. Y me doy cuenta de que es Dios quien actúa, yo sólo debo poner lo que tenga (por poco que sea) y el deseo de servirlo.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. La primera parte es necesaria. Si, por miedo a equivocarte, o por esa falsa humildad que te lleva a creer que no eres digno te niegas a hablar de Cristo, Cristo no será predicado ni conocido. Ningún ángel bajará del cielo para hacer el trabajo que tú no haces. Pero si confías en Dios y abres los labios para proclamar su nombre, aunque todo tu discurso quede en un tartamudeo, Dios convertirá tus pobres palabras en instrumentos de salvación para quien te escuche. Y sabrás que no has sido tú.

(2504)

La muerte por ingesta de conservantes

Maldita curiosidad. Se me ocurrió entrar en una de esas páginas que te informan sobre lo saludables que son los alimentos que compras en el hipermercado. Fui introduciendo los productos de mi lista de la compra, y me tuve ya por cadáver. Lo que no provoca cáncer provoca diabetes; lo que no provoca diabetes dispara el colesterol; y lo que no dispara el colesterol te sube el azúcar o el ácido úrico. No se salvó ni la baguette. Estoy condenado a muerte por ingesta de conservantes. ¡Ay de mí!

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. ¡Menos mal! Porque yo creía que la comida de este mundo, aunque no te salvara de la muerte, al menos la aplazaba y te permitía esperarla con buen sabor de boca. Pero ahora veo que mi lista de la compra no aplaza la muerte, sino que la provoca. Ni verdadera comida, ni verdadera bebida; es veneno ultraprocesado.

La comunión es buena para la salud. La del alma, claro. Pero, teniendo vida eterna en el alma, el colesterol es menos tóxico que un pecado venial.

Y, como hoy he comulgado, me abriré una lata de anchoas. Que me dejen en paz.

(TP03V)

Lleno el vientre y vacía el alma

Las palabras que ahora pronuncia Jesús sólo se entienden como respuesta a la pregunta que los judíos le hicieron al comienzo del discurso: ¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto (Jn 6, 30-31).

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. La respuesta es terriblemente provocativa, debió dolerles. Pero podríamos seguir con más milagros: murió el leproso sanado de la lepra, murió el ciego que recobró la vista, murió la hemorroísa sanada por el manto del Señor, y murió Lázaro, quien salió del sepulcro.

Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Quien comulga, sin embargo, tiene vida eterna, y pasará a través de la muerte como quien cruza una puerta hacia el cielo.

Y con todo, muchos, como aquellos hombres, prefieren la muerte a la vida. Cúrame a la abuela, ya se confesará cuando esté sana. Padre, déjeme de absoluciones y pida a su Dios que encuentre trabajo.

Por eso, a la hora de misa, están en el bar. Vientre lleno y alma vacía.

¡Si conocieran el don de Dios!

(TP03J)

¿Y tú qué miras?

Entras en el templo. El Santísimo está expuesto en la custodia. Los fieles de rodillas o sentados, pero todos con la mirada fija en la sagrada Hostia. Te acercas a uno de ellos y, en voz baja, para no romper el silencio, le preguntas: «¿Y tú qué miras?». No te sabe responder. Sabe perfectamente lo que hace, pero no puede traducirlo en palabras. Porque allí no hay una pantalla, no está viendo un partido de fútbol ni una serie de TV. Lo que mira parece un pedazo de pan y no se mueve. Sin embargo, él no puede retirar sus ojos de allí. Si le obligas a que te responda, te dirá: «Estoy viendo a Dios».

Me habéis visto y no creéis… Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna.

Aquellos hombres veían a un hombre como ellos, y no creyeron que fuera el Hijo de Dios. Lo que nosotros vemos ni parece Dios ni parece hombre, sino que parece pan. Pero no podemos apartar la vista de allí, porque creemos que es el Hijo de Dios.

Bienaventurados los que crean sin haber visto (Jn 20, 29).

(TP03X)

Para quienes se distraen en la consagración

Algunas personas se atormentan porque en la Misa, durante la consagración, les asaltan todo tipo de pensamientos. Una mujer se me quejaba de que, en ese momento, se ponía a pensar en comida. Decía un sacerdote mientras intentaba recordar algo que no acababa de venirle a la cabeza: «Bueno, ya me lo recordará el demonio durante la consagración».

¡Y qué más da! Con lo breve que es ese momento, si lo pasas despejando balones fuera como un portero de fútbol no lo aprovecharás. Te daré un consejo que a mí me hace bien: Deja suelto al pensamiento como a un perrito al que desatas la correa. Y tú márchate de allí y pon el alma en los ojos.

El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Mientras el pensamiento se entretiene con bocadillos, detalles olvidados y bagatelas varias, tú abre bien los ojos y deposita tu atención en la Hostia que eleva el sacerdote. Mira el cielo abierto, mira a los ángeles adorando a Jesús Eucaristía, mira al Espíritu cubriendo el altar… y goza, y adora.

Que no siempre tiene el alma que estar en la cabeza. Aprende a llevarla a la mirada.

(TP03M)

¿Por qué trabajas?

Llegar cansado a la cama por la noche es una bendición. Y no sólo porque te duermes enseguida, sino por lo que eso significa: que te has fatigado, que has entregado la vida.

Pero no basta.

¿Por qué te has cansado, por qué has trabajado? ¿Qué te ha movido a desgastarte? Si te has fatigado sólo para ganar dinero, o para sacar adelante tus planes, deberías preguntarte si realmente ha valido la pena.

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre.

Si el Señor te invita a trabajar por el alimento que perdura para la vida eterna es porque la santa Misa es lo más grande de tu vida, y debe convertirse en el centro de la jornada. Trabajas por el alimento que perdura cuando depositas en la patena de la Eucaristía toda tu actividad del día, la unes al sacrificio del Calvario y la presentas a Dios. Y cuando todos los gozos del día los conviertes en acción de gracias por haber comulgado. Así tu vida entera se convierte en prolongación de la Eucaristía, y tu muerte no será sino su consumación.

(TP03L)

Cenizos

¿Tú has conocido a algún cenizo? Seguro que sí. Son los amigos de la botella medio vacía; los mismos a quienes temes preguntarles: «¿cómo estás?», porque igual van y te lo cuentan. Si no has conocido a ningún cenizo, eso quiere decir que el cenizo eres tú. Háztelo mirar.

Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Todo mal. Todo fatal. Les han anunciado las mujeres que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo, y no creen. Tienen a su lado a un resucitado, y siguen lamiéndose las heridas. ¡Cenizos!

A los cenizos hay que aconsejarles que vayan a Misa, pero no para contarle a Jesús lo mal que les va todo, sino para escucharlo y para abrir los ojos en la consagración.

Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escri­turas?»

Sólo una misa bien vivida puede convertir a un cenizo en apóstol.

(TPA03)

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