Es curioso cómo el verbo «comer» forma parte del lenguaje del amor. ¿Acaso besar no es una forma sublimada del comer? «Te comería a besos» no es frase que suene extraño. ¿Y no dice una mamá de su bebé: «Está para comérselo»? Supongo que psiquiatras, psicólogos y antropólogos podrán explicar eso. Yo pienso que tras esas frases se esconde el afán de hacerse uno, también corporalmente, con el ser amado. Es un deseo profundo de unión.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Nadie ha llevado más lejos ese lenguaje, ni lo ha empleado con tanto atrevimiento como Jesús. Los judíos se escandalizaron, porque, para ellos, la salvación dependía del cumplimiento de la Ley. Pero el primer mandato de esa ley era amar a Dios, y un ser de carne no puede amar a quien no puede tocar, ni besar, ni abrazar. No somos ángeles.
Gracias al milagro de la Eucaristía, podemos amar a Dios. Y comérnoslo a besos. Y hacernos uno, también corporalmente, con Él. Y sacarlo a las calles para que todos sepan que Dios se deja amar.
(CXTIA)

















