Dos mil años hace que el Hijo de Dios vino a la tierra, y muchos siguen anclados en la antigua Alianza. «Padre, con estos pecados no podré salvarme»; «Mi hijo no va a Misa, pero se salvará, porque es muy buena persona»… No hemos entendido nada. Ni siquiera nos hemos fijado en el buen ladrón.
Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Mirad qué afán de protagonismo. Y en nadie ha estado más justificado. Porque Él, Cristo, es el único Salvador del hombre. Mejor: Él es la salvación del hombre.
¡Que no! ¡Que nadie se salvará por ser bueno, ni se condenará por ser malo! La salvación consiste en conocer a Cristo, en mirarlo a los ojos y caer perdidamente enamorado de Él. ¿No veis que hasta los malos se enamoran? Meditad los santos evangelios, seáis malos o buenos, pasad tiempo recogidos ante el sagrario, clavad la mirada en el Crucifijo… hasta que se os derrita en corazón en el pecho. Y, entonces, comulgad su cuerpo y abrazaos fuertemente a Él hasta que nada más os importe en este mundo. Y estaréis salvados.
Y, además, ese Amor os hará buenos.
(TPA05)

















