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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Para entender a san Pablo

La traducción moderna del himno a la caridad de san Pablo, ese himno que tanto gusta escuchar a las novias en sus bodas, es fuente de muchísimos malentendidos. Si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría (1Co 13, 3). Hombre, quien entrega su cuerpo a las llamas algo de amor tiene; aunque, en el peor de los casos, fuera amor a sí mismo. Pero san Pablo no dice eso. San Pablo habla de «ágape», en latín «caritas». No se trata de cualquier amor.

¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!

He aquí el germen de ese himno a la caridad. Si pasamos por alto el amor de Dios, de nada sirven las obras de la ley. Si no amamos al prójimo con ese mismo amor que mana del costado de Cristo, somos unos infelices, ay de nosotros.

Pero si centramos la mirada en el Crucifijo, si dejamos que ese amor de Dios nos inunde y nos vivifique con su gracia, nuestras obras serán obras de santidad, obras de Cristo.

(TOP28X)

Esas manos

manosAcepto pocas invitaciones a comer. Así evito el queso. No sé por qué, cuando la gente invita alguien a comer, le pone queso. Y yo odio a muerte el queso. Santa Margarita María de Alacoque también. Cuando ingresó en el convento, sus padres pusieron como condición que no le dieran queso. Qué bien les comprendo. Y a ella. Y si alguien te invita a comer, te pone queso, y tú no te lo comes, luego se queja de que no aceptaste su queso. Que se lo coma él. No está bien invitar a alguien a comer y juzgarlo después.

Como el fariseo que invitó a Jesús. Se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer. ¿Por qué te sorprendes? ¿Por qué lo juzgas? ¿No es tu invitado? Trátalo bien, sé acogedor. En lugar de sorprenderte, asómbrate ante esas manos que no necesitan ser purificadas.

Esas manos, fariseo ciego, esas manos que Jesús no se lavó tocaron a un leproso y, en lugar de ensuciarse, limpiaron la piel del enfermo. Esas manos parten el pan y lo convierten en carne de Dios.

Pobre fariseo. En lugar de sorprenderte, deberías haberle pedido que te tocara con esas manos.

(TOP28M)

La mujer fuerte

Esa Virgen en pie sobre un pilar es la plasmación viva, en forma de mujer, de la casa cimentada sobre roca de la que habló Jesús en sus parábolas. La Roca era Cristo (1Co 10, 4).

Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? (Prov 31, 10). Ella es la mujer fuerte. Ante la pobreza de Belén, la persecución de Herodes, las penurias del exilio en Egipto, la pérdida de su Hijo en Jerusalén, la persecución de sus parientes y, sobre todo, fuerte y serena al pie de la Cruz.

De no ser por la ternura con que nos ama, nos daría vergüenza mirarla. A nosotros las riquezas nos han debilitado, nos han vuelto sensibleros. Sabemos llorar y emocionarnos, pero ya no sabemos sufrir. No afrontamos el dolor con valentía, preferimos quitarnos de encima los problemas. Si has quedado embarazada sin esperarlo, mata al niño. Si tu matrimonio va mal, divórciate. Si la enfermedad te ciñe con el dolor, pide la eutanasia. Todo menos afrontar el sufrimiento.

Hemos renegado de la Virgen y su Pilar.

Pero ella nos sigue invitando a volver al Crucifijo. Al Pilar. A la fortaleza de los débiles que todo lo pueden porque se apoyaron en la Roca.

(1210)

Si fuera por Dios…

¿Quién va al cielo?

Quienes fían la respuesta al designio de Dios se equivocan. Si fuera por Dios, todos los hombres irían al cielo.

«Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda». Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.

Dios quiere a todos los hombres en el cielo, malos y buenos. El primero en entrar fue un ladrón. Pero eso no significa que, necesariamente, todos entren.

Mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Nadie entra a una boda a rastras y esposado por la policía. Hay quienes, teniendo abiertas las puertas de la iglesia, no quieren entrar en misa. Tampoco querrán entrar, entonces, en el cielo.

Y hay quien no quiere vestir su alma ni confesar sus culpas para poder comulgar dignamente. «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas».

En ambos casos, la culpa es del hombre. Si fuera por Dios, ninguno de sus invitados se condenaría.

(TOA28)

La dignidad de nuestros cuerpos

Al paso de Jesús, aquella mujer tuvo una intuición poderosa:

Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

Podría pensarse que aquellas palabras fueron inspiradas por el Espíritu, como las de Isabel ante la visita de María. Pero ya he escrito alguna vez que tengo mis dudas. También podría ser que aquella mujer, al ver a Jesús, sintiera una «santa envidia» de la Virgen. ¡Qué suerte tiene la madre de este joven! Ojalá hubiera tenido yo un hijo así, y no el gaznápiro que tengo holgazaneando en casa con treinta y nueve años.

¡Quién sabe!

El caso es que unas palabras muy parecidas podrían dirigírnoslas a nosotros los patriarcas, profetas y reyes de la Antigua Alianza cada vez que nos vieran comulgar.

«¡Bienaventurados vuestros cuerpos, que son bendecidos con la presencia del Dios altísimo!»

No sé si nos damos cuenta del inmenso privilegio que supone una sola comunión. Por ella, nuestros cuerpos, al igual que el de la santísima Virgen, se convierten en morada de Dios.

Si nos diéramos cuenta, veneraríamos nuestros cuerpos, los trataríamos como a un templo, y los conservaríamos castos, dignos de la inmensa gloria con que son bendecidos cada vez que comulgamos.

(TOP27S)

Recogidos y recogedores

La tercera acepción del verbo «desparramar» en el diccionario de la RAE es «disipar la hacienda, malbaratarla, malgastarla». La quinta es «distraerse, divertirse desordenadamente». Por eso, cuando uno hace disparates, decimos que «desparrama». Pero también nos viene bien la tercera acepción.

Antes de padecer, Jesús dijo: Cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí (Jn 12, 32). Y hoy nos dice: El que no recoge conmigo desparrama.

Desde lo alto de la Cruz, Cristo quiere atraerlo todo. Y nosotros, atraídos dulcemente por Él, se lo llevamos. Primero le llevamos lo nuestro: nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestros afectos… Queremos vivir recogidos y como sumergidos en Él, porque sólo en Él encontramos paz. Y queremos, también, llevarle muchas almas, almas de personas que no lo conocen, y las de otros que lo conocen, pero se mantienen a distancia de su Amor. Quisiéramos recoger todo cuanto encontremos y llevarlo a su Cruz. Porque no nos basta con vivir recogidos. Queremos ser, también, recogedores. Hasta los pecados se los llevamos, para que sean redimidos con su sangre.

Por eso, quien no vive recogido y no dedica la vida a recoger malbarata su vida y disparata.

(TOP27V)

La gente más alta

Desde luego, no debe quedar ya nada por inventar. Estaba leyendo en el periódico, pocos minutos antes de escribir estas líneas, que un cierto «Tall People Club» organiza encuentros para gente alta. Como se forme un «Clumsy Priests Club» para curas torpes me apunto en cero coma. Dicen los del Tall People que están hartos de que la gente les pregunte si juegan al baloncesto. Me troncho. A mí me preguntan si he vuelto a derramar las vinajeras.

Y, con todo, aunque no nos apuntemos al Tall People, nadie hay más alto que un cristiano. Porque, mientras mantenemos los pies anclados en tierra, tocamos el cielo con el alma.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Desde la tierra pedimos, porque estamos llenos de necesidades. Y desde el cielo se nos da. Desde la tierra buscamos el camino de Casa. Y desde el cielo se nos envía a Cristo, que es el Camino, para que lo encontremos a nuestro lado. Desde la tierra llamamos, con todas las fuerzas, a las puertas del Paraíso. Y desde el cielo se nos abre la puerta estrecha de la Cruz.

Y todo eso, aunque midas metro y medio.

(TOP27J)

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