Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La gran provocación

Puede que fuera la frase más atrevida, la más provocadora y tajante de cuantas pronunció Jesús ante aquellos judíos:

Antes de que Abrahán existiera, yo soy.

El sonido de estas palabras fue como el azote de un látigo en las entrañas. Jesús no dijo: «Antes de que Abrahán naciera», lo cual le hubiese situado en un tiempo histórico anterior al nacimiento del patriarca y le hubiese hecho quedar como un loco; sino «antes de que Abrahán existiera», lo cual lo situaba en la eternidad, fuera de la línea del tiempo. Y recalcó «Yo soy», las mismas palabras con que Yahweh reveló a Moisés su nombre desde la zarza.

Se trata de una de las manifestaciones más claras de la divinidad de Cristo. Pero también de una blasfemia terrible a los oídos de aquellos hombres. Jesús se situaba ante ellos por encima de la Historia y del Cosmos. ¡El trono de Dios!

Deberían haberse postrado. Pero, en lugar de eso, cogieron piedras para tirárselas.

Postrémonos nosotros. No perdamos de vista la divinidad de Cristo durante su Pasión. Porque precisamente allí, en la Cruz, será levantado sobre la Historia y sobre el Cosmos, sobre Abrahán y sobre nosotros. Es el «antes» eterno.

(TC05J)

La primera comunión de la Historia

Es gracioso (porque es gracia) cómo se solapan los ciclos litúrgicos. Sumergidos, como estamos, en lo más profundo de la Cuaresma, se abre hoy un paréntesis y comienza la cuenta atrás para la Navidad. Nueve meses a partir de hoy. Porque hoy, a través del anuncio del ángel, siembra Dios en las purísimas entrañas de María, la tierra buena, la semilla de su Hijo encarnado.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. No cabe más docilidad. Dieciséis siglos después, esas palabras virginales encontrarían eco en los versos de santa Teresa de Jesús: «Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?»

Es la primera comunión de la Historia. El mismo cuerpo que cada día comulgamos fue recibido en las entrañas de la Virgen. Ella fue el primer sagrario. Podríamos saludar al Hijo de Dios con una reverente genuflexión ante santa María encinta. Hoy quiero yo hacer esa genuflexión.

Pero no olvidemos que también en nosotros siembra Dios su semilla, su palabra pronunciada y escuchada cada día. Acojámosla con la misma devoción con que acogió la Virgen en su seno al Hijo de Dios. Y también nosotros, salvadas todas las distancias, seremos madre de Cristo.

(2503)

Cuando se hace de noche

«¡Me parece increíble que esto sea tan fácil!». Me lo decía un recién convertido, que estaba siendo cubierto de consuelos. En la película «Becket» (Peter Glenville, 1964), el santo dice algo parecido cuando entrega todos sus bienes a los pobres.

Y es que, cuando se escucha la llamada del Señor y se comienza a caminar tras Él, todo es fácil. Ves milagros, sientes emociones dulces, te conmueves cuando rezas y nadas en consuelos. Para los apóstoles fue también así en los primeros meses.

Pero, si no cometes la torpeza de quedarte en la puerta de entrada jugando a santos y caminas entregando la vida, llega un momento en que el camino alcanza la ladera de un monte. Y, mientras Jesús comienza a subirlo, te dice: Donde yo voy no podéis venir vosotros. Las mismas palabras las repetirá ante Simón poco antes de morir: Adonde yo voy no me puedes seguir ahora (Jn 13, 36).

Se hace de noche. Y ya no sientes nada, salvo cansancio y sequedad. Una sequedad ardiente que se clava en el corazón como un cuchillo. Delante de ti está la Cruz. Y ahora te lo juegas todo. ¿Qué harás?

Yo te lo digo: ponerte de rodillas.

(TC05M)

No peques más, que nos aburres a todos

Procurad ir hoy a misa con tiempo. El relato de la casta Susana es casi interminable si se lee la versión larga. Y, en ese caso, espero que os toque un buen lector. Porque lo casi interminable, leído por un mal lector, se convierte en casi insufrible. Yo me alegro de que Susana fuera casta y buena, la culpa de la longitud de la lectura es de los viejos. Porque lo pecados lo embrollan todo.

Que se lo digan a aquella mujer sorprendida en adulterio. Menudo lío, te pones a pecar, te pillan los escribas en plena faena, y rápidamente te preguntas: «¿Por qué me meto en estos líos?». Otro embrollo.

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Jesús te deshace el embrollo, pero no te da la razón. Te devuelve la inocencia, pero te encarga severa y dulcemente que la guardes.

En el calvario, la casta Susana y la mujer adúltera se encuentran y se miran a los ojos. El Justo es condenado para que resulte perdonado el pecador. ¡Con cuánta gratitud debo meditar la Pasión del Señor y recibir su sangre! Pero también debo escuchar cómo me dice, desde la Cruz: «No peques más».

(TC05L)

¿Quién quiere vivir doscientos años?

Hoy muchos sueñan con vivir doscientos años… Habrá que tener cuidado con lo que sueña uno, no vaya a convertirse en realidad. Personalmente, la idea de vivir doscientos años se me antoja agotadora y, sobre todo, muy aburrida. Ante el milagro de la resurrección de Lázaro, debemos tener claro que Cristo no ha venido al mundo para concedernos una vida interminable. Lázaro murió. Murió más tarde, pero murió, porque la vida es terminable. Gracias a Dios. El milagro obrado por el Señor tenía otro significado.

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Si crees, sabrás que estamos llamados, no a prolongar indefinidamente esta vida, sino a vivir otra: la eterna. Morirás, pero no morirás para siempre, no serás aniquilado. Tu vida entera, desde el nacimiento hasta el último suspiro, será llevada al gozo de la eternidad y al cobijo del Amor de Dios.

Y, por eso, mientras dura esta vida, lo único que nos importa es entregarla generosamente a Dios y al prójimo, y abrazarnos a la eterna. Hasta que seamos recibidos plenamente en ese Amor.

(TCA05)

Un día en tus atrios

Es muy elocuente la frase de san Juan. Tras haber conspirado contra Jesús y haber tratado de arrestarlo, después de despreciar la tímida defensa que del Señor hizo Nicodemo, se volvieron cada uno a su casa.

Cada uno en su casa, y Dios en la de todos. No es verdad. Porque nos vamos a casa huyendo de Dios. Nos encerramos en nuestros egoísmos, nuestros planes, nuestras soledades y nuestros falsos descansos. Convertimos nuestra casa en ese refugio seguro donde ni Dios puede perturbarnos. Nuestra tumba.

Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa (Sal 83, 11), dice la Escritura. Aunque el atrio de la casa de Dios es el Gólgota. Allí se encuentra la Cruz, puerta del cielo, y allí los humanos se acogen a la sombra de tus alas (Sal 35, 8). Porque las alas de Dios son los brazos abiertos de Cristo en la Cruz.

Claro que, si en tu casa te sientes seguro, el Gólgota, poblado de tinieblas, ultrajes y muerte, parece el lugar más inseguro del mundo. No te dejes engañar. Allí están tu madre, tu Señor y tu Hogar. Deja tu casa vacía y refúgiate a la sombra de esas alas.

(TC04S)

El que intentan matar

Estamos, sin duda, en los prolegómenos de la Pasión. Durante la vida pública, muchos se refirieron a Jesús en Galilea como «el hijo de María» o «el hijo del carpintero». Pero, tras el discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, el Señor se quedó prácticamente sin discípulos. Se hablaba mucho de Él, quedó convertido en objeto de discusiones y tertulias, pero muy pocos lo seguían. Y en Judea se referían a Él en estos términos:

¿No es este el que intentan matar?

Ahora Jesús es el que intentan matar. Y lo sigue siendo. Somos nosotros quienes, con cada pecado y cada infidelidad, lo intentamos matar. No podemos pecar mirándolo a los ojos, tenemos que sacarlo de nuestras vidas para ocupar su puesto y ser como dioses. Por triste que parezca, Jesús sigue siendo el que intentan matar.

Ni yo quiero seguir escribiendo esto, ni tú quieres seguir leyéndolo. A qué esperamos, convirtámonos, cambiemos de bando. En lugar de ser quienes intentamos matarlo, crucemos la línea que nos separa de Él, rompamos el sucio cordón de nuestra tibieza y pasemos a ser quienes intentamos confortar y acompañar a Jesús, quienes ya no queremos matarlo, sino morir con Él.

(TC04V)

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