«¡Convénzame, padre!» Es el grito de quienes no se fían. Quieren verlo tan claro que no les quede más remedio que creer. Un 2+2=4, pero en lo espiritual. Y no se dan cuenta de que, aunque tuviesen delante la pizarra con su 2+2=4, aunque vieran caer las estrellas del cielo a una orden del profeta, tampoco creerían. Porque el problema está en sus ojos. O en sus oídos.
Para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Querían que Dios les robase la libertad, que los secuestrara con una señal atronadora, con «la gran señal».
Pero la gran señal, la señal del cristiano, es la santa Cruz. No es el ruido, sino el silencio. No la luz cegadora, sino la noche callada.
¿No te das cuenta de que las grandes realidades, los grandes amores, las grandes verdades no caben en palabras, ni existe grito que las pueda expresar? Sólo pueden transmitirse con silencios, silencios que hablan más que cualquier palabra. ¿Existe algún poema que pueda reflejar lo que se dicen dos enamorados cuando se miran en silencio a los ojos?
Dichoso quien sepa escuchar los silencios de Dios. Dichosos quienes abran el corazón a la gran señal, la Cruz.
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