El movimiento «Oración de madres» nació en Inglaterra en 1995. Comprobé el inmenso poder de esa oración cuando una amiga mía entró en uno de esos grupos para rezar por la conversión de su hijo mayor, a quien, por cierto, yo bauticé. Dentro de pocos días, ese hijo hará la profesión temporal como carmelita calzado.
Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Tampoco mitifiquemos. El amor de madre, si no se purifica, también puede ser agobiante y posesivo. El mito de la suegra enfrentada a la nuera que le robó su bebé no es tal mito. Es una verdad que ha acabado con la paz de muchos matrimonios.
Pero cuando ese amor nace de un corazón humilde y se purifica en el dolor, como en el caso de esta mujer cananea, en el de mi amiga, o en el de santa Mónica, la oración de una madre afligida tiene un poder extraordinario para remover los cielos. El hijo de una mujer que murió rezando el rosario, tras solicitar el funeral de su madre, comenzó a venir a misa todos los días. Hasta hoy. ¿Por quién estaría rezando aquella madre su última avemaría?
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