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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Un ataque de celos

Leyendo las palabras del Evangelio, cualquiera diría que el Señor ha tenido un ataque de celos:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.

No te extrañe. Cristo es muy celoso. No quiere compartir con nadie el corazón del hombre, lo quiere todo.

Pero nada tienen que ver los celos de Cristo con los del hombre. El hombre es celoso porque quiere controlar y poseer al ser amado; sus celos son egoístas. Dios, sin embargo, es celoso porque quiere liberar y amar al hombre.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. Cuando «encuentras» tu vida sin Él, la pierdes, y acabas preso en mil esclavitudes para después morir encadenado a las criaturas. Sin embargo, cuando vives para Dios tienes vida eterna.

Déjate poseer dulcemente por los celos de Cristo. No quieras amarlo «hasta cierto punto». Ámalo desesperadamente, apasionadamente. Ámalo cuando reces, cuando trabajes, cuando descanses, cuando comas o bebas, cuando llores, cuando rías… Sea Jesús el Amor de tu vida.

(TOA13)

Más grande que todos los milagros

Hoy nos narra el Evangelio dos curaciones milagrosas. Nada tiene de extraño, si tenemos en cuenta que Jesús es Dios hecho hombre. Yo he visto unas cuantas curaciones milagrosas; casi he visto resucitar a un muerto, pero me llevaría tiempo contártelo. En todo caso, todas las curaciones milagrosas que he visto han sido obra del sacramento de la santa unción. Mucha gente desconoce el poder de ese sacramento a la hora de sanar enfermedades corporales.

Pero, con todo, las curaciones milagrosas no son lo habitual. Cristo no curó a todos los enfermos, ni a la mayoría. Lo normal, si pides que un enfermo terminal se cure, es que muera y, si está confesado, vaya al cielo, donde se está mucho mejor que aquí. Pídele a Dios, sobre todo, que los enfermos se confiesen y reciban la unción.

Pero hay algo más grande que todas las curaciones milagrosas juntas:

Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.

Eso es lo más grande: que, cuando llega la enfermedad, encuentras en ella a Cristo esperándote, con sus manos llagadas y amorosas tendidas hacia ti. Y la enfermedad se convierte en Amor, y la muerte en Vida.

Eso es mejor que ningún milagro.

(TOP12S)

Si quieres

leprosoCuando un centurión fue a pedir a Jesús que curase a su criado, los ancianos intercedieron por él diciendo: Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga (Lc 7, 4-5). Jesús realizó el milagro, pero no lo hizo por las recomendaciones, sino por la fe de aquel hombre.

Señor, si quieres, puedes limpiarme. ¿Quién recomendará a un leproso? ¿Qué sinagoga habrá podido construir? ¿Qué limosnas habrá podido dar? ¿Qué méritos puede poner ante el Señor para convencerlo de que lo limpie de la lepra? Ninguno. Sólo expone un motivo para el milagro: Si quieres.

Es la oración del pobre. Y me gusta. Porque tú y yo hemos recibido mucho más que aquel leproso. Él fue limpiado de la lepra; tú yo hemos sido limpiados del pecado por la sangre de Cristo y hemos sido hechos hijos de Dios. Y ¿por qué? ¿Porque éramos buenos? ¿Porque dimos limosnas? ¿Porque elevamos muchas oraciones?

Porque Jesús ha querido. Porque te ha querido y me ha querido. Y nos ha querido porque le ha dado la gana.

Es una de las poquísimas certezas que tengo: Cristo me ama. Y, teniendo esa certeza, no necesito más.

(TOP12V)

Esperando tiempos mejores

Me hace gracia la gente que dice: «Padre, pensaré en eso cuando tenga un momento de tranquilidad. Ahora estoy lleno de problemas». Pobrecitos. Jamás podrán pensar tranquilamente en «eso». Me hago gracia hasta yo a mí mismo cuando se me ocurre esperar tiempos tranquilos.

Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa. Seamos realistas: en esta vida, cuando no cae la lluvia se desbordan los ríos. Y cuando no se desbordan los ríos soplan los vientos. Y, en bastantes ocasiones, sucede todo a la vez. Si no buscamos lucidez en medio de las luchas, pospondremos todas las decisiones y reflexiones hasta el cielo, cuando ya no nos harán falta. ¿Imaginas que el soldado inmerso en un combate pospusiera la decisión de lanzar un ataque hasta que acabara la guerra?

No se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. En medio de las tormentas, es preciso buscar la Roca (que es Cristo) en lo profundo. En lo profundo del alma. Y en medio del ruido es preciso buscar el silencio en ese santuario interior.

Mira: Pase lo que pase, no dejes la oración. Y tendrás paz en la guerra.

O puedes quedarte esperando… a Godot.

(TOP12J)

La grandeza de Juan

De Juan bautista dirá Jesús que es el mayor de los nacidos de mujer (cf. Mt 11, 11). Preguntémonos en qué consiste esa grandeza, qué es lo que hace realmente grande a un hombre. Porque muchos de los considerados «grandes hombres» por el mundo no son sino un recuerdo, polvo y ceniza, mientras Juan reina con Cristo en el cielo.

Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». La grandeza de Juan reside en que Dios trazó el plan de su vida antes incluso de que fuera concebido. Y ese plan se cumplió punto por punto, como cuando, al principio de los tiempos, llamó Dios a la luz y la luz se hizo.

Pero hay una diferencia entre la luz del sol y la voluntad de un hombre. Un hombre es un ser libre, misteriosamente capaz de decir «no» a su Creador. El cumplimiento del plan de Dios sobre Juan requería de su docilidad. Y Juan fue dócil, dócil hasta el extremo, hasta la muerte violenta asumida por amor.

No podemos hacernos una idea de las maravillas que haría Dios con nosotros si fuéramos dóciles. Porque es la docilidad del hombre la que permite a Dios hacernos grandes.

(2406)

El mayor bien que podemos hacer

La llaman la regla de oro: Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Tiene más formulaciones, pero todas llevan a lo mismo. Y todas me llevan a preguntarme: ¿Qué quiero que los demás hagan conmigo? ¿Quiénes me han dado más, a lo largo de mi vida?

No tengo que pensar la respuesta: Quienes más me han dado han sido quienes me han hablado de Dios. Empezando por mis padres, mis catequistas, mis maestros en la fe. Y un puñado de sacerdotes que me hablaron apasionadamente de Cristo, y a quienes no olvidaré jamás, ni en la tierra ni en el cielo. Por eso, si me invitaran a pedir a los hombres una sola cosa, les suplicaría: «¡Dadme Cristo!».

Sí. Creo que el mayor bien que podemos hacer a los hombres es hablarles de Cristo. Sé que hay vientres que llenar, y haremos lo posible por erradicar el hambre y la pobreza material. Pero me rebelo contra quienes dicen: «Llénales primero el estómago, y háblales de Dios después». Ése es el Dios de los ricos y satisfechos, un ídolo burgués. Nuestro Dios es el de las bienaventuranzas. Bendice primero la mesa, y después come.

(TOP12M)

Leyendo al revés

Me cuesta entender a quienes dicen: «Dios debe estar enfadado conmigo». Os confieso que jamás me he sentido mirado por Dios con ira. Iré aún más allá: Ni siquiera me he sentido jamás juzgado por Dios. Sé que el Señor vendrá a juzgar a vivos y muertos, pero todo eso es como si no fuera conmigo. Igual me equivoco, igual soy un temerario. Ni siquiera temo al infierno, aunque la idea del purgatorio me produce una pereza infinita. Temo al purgatorio, pero no temo al infierno.

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Leo la frase al revés: «Ya que no eres juzgado, no juzgues». Y la entiendo. No digo que la cumpla, digo que la entiendo. Jesús abrió para mí la puerta de su corazón misericordioso. Soy un pecador, pero soy amigo de Jesús, me sé muy amado por Él. Por eso no temo su juicio, porque es mi amigo. Y, antes de juzgarme, me salvó y me hizo, por su gracia, amigo del Juez e hijo de su Padre.

Ahora me pide que trate así a los demás. Que, ya que tanta misericordia he recibido, la tenga con mis hermanos. Sólo diré que quiero hacerlo. Se lo debo.

(TOP12L)

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