Estoy seguro de que quienes leéis estas líneas pedís cada día muchos favores al Señor. Pero, creedme, lo más grande, lo más importante que podéis y debéis pedir es vuestra unión con Cristo. Implorad que estéis tan estrechamente unidos al Señor que podáis decir al mundo lo mismo que el propio Cristo dice acerca de la unión entre su Padre y Él.
Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.
Ojalá podáis decir: «Quien me ha visto a mí ha visto a Cristo».
Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.
Ojalá podáis decir: «Lo que digo y lo que hago no lo digo ni lo hago por mi cuenta. Todo viene de los sentimientos del corazón de Cristo».
Pero, además de pedirlo, para lograr esa unión debéis tener una intensa vida de oración. Una vida de oración que sea, no una mera concatenación de peticiones, reflexiones y propósitos, sino un verdadero diálogo de Amor con Cristo, en el que os sumerjáis en su intimidad.
Porque, al igual que pidió Felipe a Jesús, el mundo nos está pidiendo: «Muéstranos a Cristo y nos basta».
(TP04S)

















