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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¿Cuándo deja un niño de ser niño?

Cuando de pequeño escuchaba que de los niños es el reino de los cielos, siempre preguntaba: «¿A qué edad se deja de ser niño?». Quería asegurarme de que entraba, por mi edad, en esa bendición. Nunca obtuve respuesta. Hoy sé que ya, por edad, he quedado fuera. La verdadera pregunta ahora es sobre el alma.

El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante.

¿Cuándo deja un niño de ser niño? Hoy responderé. Y llevo una ventaja: sé que la pregunta es sobre el alma.

Un niño deja de ser niño en dos momentos. Uno es cuando dice por vez primera la fatídica palabra: «Mío». Se abraza al juguetito, y no hay quien se lo quite. Ya ha aflorado en su alma la mala hierba del egoísmo de la edad adulta. El otro momento es cuando nace su hermano menor, deja de ser «el chiquitín», y comienza a brotar la envidia.

Por tanto, el único pasaporte seguro al cielo es el de los lactantes que aún no hablan. Allí quiere mi alma estar.

(TOP26L)

Síes que son noes y noes que son síes

Así escribe san Pablo: El Hijo de Dios, Jesucristo, no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí (2Cor 1, 19).

Lo mismo podría decirse de la santísima Virgen. En ella sólo hubo sí. Un sí definitivo y llevado hasta el final.

Pero en nosotros… Somos una permanente mezcla de sí y no, de noes que parecen síes y síes que parecen noes, noes que se convierten en síes y síes que se vuelven noes. Menudo trabalenguas.

Llama el padre al primer hijo: Él le contestó: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Llama al segundo: Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. Son modelos tremendamente humanos. El segundo es de ésos que siempre quieren agradar, pero realmente no quieren sacrificarse por nadie; pura fachada. El primero es de aquéllos que siempre están a la defensiva. Les pidas lo que les pidas, su primera respuesta es invariablemente  «no». Pero después recapacitan, bajan las defensas y, siempre que puedas sufrir ese primer «no», sabes que cuentas con ellos.

En cuanto a nosotros, hemos dicho algunos síes que nos comprometen. Llevémoslos hasta el final. También hemos dicho algunos noes a Dios; quizá estamos a tiempo de rectificar.

(TOA26)

Preguntas, asuntos y misterios

Supongo que serán cosas de la traducción, pero me hace gracia:

Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

«¡El asunto!». ¡Menudo asunto! Nada menos que la muerte de Dios y la redención del hombre. Debería haber una palabra más adecuada para referirse a ello. El asunto son las pintadas que hay en los muros de mi parroquia cuando voy al Ayuntamiento para que me ayuden a eliminarlas. Entonces voy a tratar allí «el asunto» de las pintadas. ¡Pero la Cruz! La Cruz no es un asunto, es un misterio.

A los apóstoles les daba miedo preguntar, no querían asomarse al misterio. Tú no tengas miedo, asómate, abre bien los ojos y el corazón y contempla. Pero no preguntes sobre la Cruz. No por miedo, como los apóstoles, sino porque uno no pregunta sobre un misterio; uno pregunta sobre un problema o un «asunto». Los misterios se contemplan en estado de sobrecogimiento.

No preguntes sobre el misterio, pero pregúntale al misterio. Pregunta sobre tu vida, sobre tu sufrimiento, sobre tu soledad, sobre tus tinieblas, sobre tus dudas… Arrodíllate, calla y escucha en lo profundo del corazón. Poco a poco, irás encontrando en la Cruz la respuesta a todas las preguntas.

(TOP25S)

«Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro»

Muchas veces los sacerdotes tenemos que escuchar a personas quejarse de que Dios los ha abandonado. En alguna ocasión he sentido deseos de responder: «Me estás contando los pecados de Dios. Debería ser Dios quien viniera a confesarse: “Me acuso de haber abandonado al pobre Pancracio; estaba tan ocupado que me olvidé de él”». No lo digo, porque detrás de esas quejas hay mucho sufrimiento. Aunque no siempre esté justificado. Hay sufrimientos muy santos, y penas muy inútiles que más nos valdría quitarnos de encima.

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

¡Cuántas veces anunció Jesús a sus apóstoles su propia Pasión! Y, con todo, cuando llegó el momento, los cogió desprevenidos. ¿De quién fue la culpa? ¿Quién debería confesarse?

Mirad mucho al Crucifijo. Hasta que entendáis. El mundo nos puede abandonar, la vida nos puede moler a palos, los hombres nos pueden despreciar o traicionar… pero Dios no nos abandona nunca. Hasta cuando decimos «Dios me ha abandonado» se acerca Cristo a gritar lo mismo junto a nosotros desde la Cruz. ¿Para qué? Para que no estemos solos ni cuando gritamos eso.

(TOP25V)

Los límites de la ciencia

Desde la pandemia de 2020, el discurso sobre la ciencia se ha prodigado muchísimo. Con gran peligro, porque se habla de la ciencia como si tuviera la respuesta a todas las preguntas. Resuena, tras esta concepción, el «seréis como dioses» de la serpiente.

La ciencia ayuda a responder preguntas sobre los aspectos más sensibles de la realidad, lo que vemos y tocamos. Y es de gran ayuda. Acudes al médico con un dolor abdominal, te realizan unas pruebas, te miran por dentro, diagnostican tu enfermedad y, si pueden, te recetan el remedio. Eso es un gran bien.

Pero, ante aquello a lo que se refería el Principito cuando decía que «lo esencial es invisible a los ojos», ante el misterio, la ciencia debe callar y asombrarse. Eso se le escapa.

Unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos. NO. Otros, en cambio, que había aparecido Elías. NO. Y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. NO.

Ninguna ciencia puede desentrañar el misterio. Sólo ante la contemplación de los sencillos muestra el misterio sus secretos. Sabe más un santo analfabeto en media hora de oración que todos los letrados del mundo con sus legajos.

(TOP25J)

Los que vienen y se van

Os voy a contar algo personal. No por hablar de mí, sino porque creo que mi reflexión también os puede hacer bien a vosotros.

Gran parte de mi tiempo se lo llevan los novios. Tengo bodas a porrillo. Y nueve de cada diez parejas no son de aquí. Por tanto, les dedico días y días, hablo con ellos horas, oficio su boda… y no los vuelvo a ver. Siempre les digo: «Venid de vez en cuando a saludar». Pero ni caso. En ocasiones, me siento como el empleado de una gasolinera. Vienen, les echo la gasolina del sacramento, arrancan el coche y adiós muy buenas. Hasta nunca.

Pero luego pienso en mi amigo Javier, capellán de hospital. Él vino a celebrar una boda aquí y me dijo: «Igual que yo. Los atiendo y se me van o se me mueren». Y pienso en los apóstoles: Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes. Llegaban, sembraban y se marchaban.

Entonces doy gracias a Dios por todos los que vienen y se van. Y, entre que vienen y se van, Dios nos permite dejar sembrada en ellos una semilla de Vida.

(TOP25X)

No salgo de mi asombro

Os diré algo que, tras treinta y un años de sacerdocio, me sigue sorprendiendo: Acuden al confesonario personas con luchas muy violentas. Hablo de tentaciones muy fuertes de lujuria, de soberbia, de envidia… rencores tremendos, heridas abiertas que supuran odio… Podría decirles que luchasen contra esos demonios, pero ¿para qué? Sé que no pueden ganar esa batalla, los puños nada pueden contra las balas de cañón.

Entonces les muestro el único modo de vencer: «Reza». Soy un pesado. Digo «reza» ochocientas veces al día. «Dedica cada jornada diez minutos a leer el Evangelio y meditarlo. Reza el rosario». Es mucho más fácil –y más dulce– dedicar diez minutos a la oración que vencer a un arrebato de ira; pasar las cuentas del rosario que resistir las embestidas de la lujuria.

Les doy este consejo porque sé que la oración transforma al hombre por dentro. Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Y, si se escucha bien, esa palabra se cumple por sí sola. Al cabo de un tiempo de perseverancia en la oración, Cristo invade por completo a la persona.

¿Qué es, entonces, lo que me sorprende? ¡Que no rezan!

(TOP25M)

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