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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El Dios que se deja comer

Es curioso cómo el verbo «comer» forma parte del lenguaje del amor. ¿Acaso besar no es una forma sublimada del comer? «Te comería a besos» no es frase que suene extraño. ¿Y no dice una mamá de su bebé: «Está para comérselo»? Supongo que psiquiatras, psicólogos y antropólogos podrán explicar eso. Yo pienso que tras esas frases se esconde el afán de hacerse uno, también corporalmente, con el ser amado. Es un deseo profundo de unión.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Nadie ha llevado más lejos ese lenguaje, ni lo ha empleado con tanto atrevimiento como Jesús. Los judíos se escandalizaron, porque, para ellos, la salvación dependía del cumplimiento de la Ley. Pero el primer mandato de esa ley era amar a Dios, y un ser de carne no puede amar a quien no puede tocar, ni besar, ni abrazar. No somos ángeles.

Gracias al milagro de la Eucaristía, podemos amar a Dios. Y comérnoslo a besos. Y hacernos uno, también corporalmente, con Él. Y sacarlo a las calles para que todos sepan que Dios se deja amar.

(CXTIA)

El salto

Hace ya muchos años, más de veinte años que no hablamos de ello. Pero entonces, en aquellos tiempos, dos jóvenes sacerdotes y amigos teníamos un asunto recurrente del que siempre hablábamos cuando quedábamos a cenar: «El salto. Tenemos que dar el salto». Ambos sabíamos bien de lo que hablábamos, pero ninguno de los dos hubiera podido explicarlo si nos lo hubiesen preguntado. Ignoro si el motivo de haber dejado de hablar de ello es que hemos dado ya ese salto, o que sentimos vergüenza por no haberlo dado.

Esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Se haya cumplido o no en mí, hoy sé explicar en qué consiste ese salto. Es el salto de la viuda. El de los santos. El de los mártires. El de las vírgenes. En definitiva, el de quien se desprende de todo apoyo terreno y vuelca su vida sólo en Dios, con la absoluta confianza de que Dios lo sostendrá. Aunque también con cierto vértigo. Nadie se libra de eso.

Es sólo para los aventureros.

(TOP09S)

Señorío

Tres preguntas hicieron los escribas, y a las tres respondió Jesús sabiamente: les habló de los impuestos, de la resurrección y del mandamiento mayor. Seguidamente, les hizo una sola pregunta. Y a esa pregunta no supieron responder:

Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?

Decís que el Mesías es hijo de David, pero nadie llama Señor a su hijo. ¿Cómo es posible?

Nosotros conocemos la respuesta. Y está llena de luz. Porque, efectivamente, Jesús es, ante los hombres, hijo de David. Pero David vio en Él un señorío que no viene de la carne ni la sangre, sino de Dios. Es Dios. Y David, misteriosamente, proféticamente, lo sabía.

También nosotros, que hemos nacido de lo alto, hemos heredado ese señorío. Somos hijos de Dios, somos unos señores. Y como tal deberíamos vivir.

Comamos como unos señores. Alimentémonos con el cuerpo y la sangre del Señor.

Vivamos como unos señores, en el Hogar de Nazaret, la casa de la Señora, y en la Iglesia, palacio del gran Rey.

Suframos como unos señores, con la paciencia y la serenidad de Cristo.

Muramos como unos señores, sentados en el trono de la Cruz.

Hagamos honor a nuestro señorío.

(TOP09V)

Venciendo, y convenciendo

Que si el tributo al César, que si la resurrección de los muertos, y, ahora, que si el mandamiento mayor de todos. Da la impresión de que aquellos hombres estuvieran obligando a Jesús a jugar partidas simultáneas de ajedrez en varios tableros, para ponerlo a prueba. En todo caso, Jesús venció sin casi pestañear.

Respon­­dió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

Tan brillante fue esta jugada, que el adversario no tuvo más remedio que aplaudir.

Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón. ¡Pues claro que tiene razón! ¿No ves que es Dios? Y te está diciendo que lo que más quiere de ti no es que te laves las manos antes de comer, o que no trabajes en sábado. Quiere que disfrutes, que seas feliz, que lo ames y te dejes amar por Él, hasta que tu corazón esté tan lleno de su Amor que puedas repartirlo a manos llenas a tu prójimo.

(TOP09J)

Tramposos entrampados

Durante la Transición española se hizo célebre la expresión «trampa saducea». La empleó Torcuato Fernández Miranda cuando le pidieron que respondiera con un «sí» o «no» a las asociaciones políticas. Fue una expresión brillante, ésa era la especialidad de los saduceos: cazar al otro con preguntas capciosas. Así hicieron con Jesús:

¿De cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Quieren convertir el cielo en un absurdo, porque no creen en la resurrección. Es decir, que si los muertos resucitan, tendrán que resucitar con espada, porque van a andar a espadazo limpio por las mujeres.

No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.

Y tan equivocados. La verdadera trampa saducea no era la que ellos tendían, sino aquélla en la que ellos mismos, y muchos otros, habían caído: la de vivir entrampados en este mundo y no elevar la vista al cielo. Es aquí donde andamos a espadazo limpio unos con otros, es aquí donde nos engañamos y traicionamos. El cielo es mucho más sencillo. El cielo es luz, y esta tierra es tiniebla, porque no vemos a Cristo, luz del mundo.

La trampa se rompió, y escapamos (Sal 123, 7).

(TPO09X)

Todo lo hizo bien

Si los fariseos, con su pregunta-trampa, querían saber si Jesús recomendaba pagar impuestos al Imperio, habrá que decir que la treta les funcionó. Pero si fue Jesús quien se dejó enredar, eso quiere decir que esa red no le asustaba en absoluto.

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Después de estas palabras, los santos Pedro y Pablo, en sus cartas, pidieron a los cristianos que pagasen sus impuestos. Y el propio Jesús los pagó.

No sólo los pagó. En su Pasión, entregó su obediencia a Pilato, el procurador del Imperio, reconociendo que su poder le venía de lo alto. Y se dejó entregar a la muerte por él, aun sabiendo que esa decisión era injusta.

Lo sorprendente es que esa obediencia ha redimido al género humano y nos ha obtenido el perdón de todos los pecados, incluidos los de Pilato y los fariseos.

Salvo que una ley te obligue a pecar, cumple las leyes por amor a Dios. Sé un buen ciudadano, y redimirás la ciudad. Sé un buen estudiante, y redimirás la academia. Sé un buen enfermo, y redimirás el hospital. Sé un buen preso, y redimirás la cárcel.

(TOP09M)

Un precio de sangre

Llevo tiempo conteniendo la duda al leer esta parábola. Hoy la desataré. Y es que el dueño de la viña parece tonto de remate.

Vale que envíe un criado a los viñadores para percibir la renta. Normal. Pero, una vez que los viñadores lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías, lo siguiente tenía que haber sido enviar a la Guardia Civil. Pues no. Va el tío y les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Y después envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron. Pero ¿no te enteras? Al menos, envíalos armados con lanzagranadas. Pero no. Y, para colmo, después de todo aquello, les envía ¡a su hijo! Y lo envía pensando: «Respe­tarán a mi hijo». Pero ¿eres tonto?

Lo terrible es que no es tonto. Es Dios. Y sabe perfectamente lo que va a suceder.

Dios no es como nosotros. Lo que le importa no es la viña, sino los viñadores. Y los ama y los redime como sólo se puede amar y redimir a los malvados: sufriéndolos. Realmente, no quería cobrar. Quería pagar, por sus almas, un precio de sangre.

(TOP09L)

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