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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El mayor bien que podemos hacer

La llaman la regla de oro: Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Tiene más formulaciones, pero todas llevan a lo mismo. Y todas me llevan a preguntarme: ¿Qué quiero que los demás hagan conmigo? ¿Quiénes me han dado más, a lo largo de mi vida?

No tengo que pensar la respuesta: Quienes más me han dado han sido quienes me han hablado de Dios. Empezando por mis padres, mis catequistas, mis maestros en la fe. Y un puñado de sacerdotes que me hablaron apasionadamente de Cristo, y a quienes no olvidaré jamás, ni en la tierra ni en el cielo. Por eso, si me invitaran a pedir a los hombres una sola cosa, les suplicaría: «¡Dadme Cristo!».

Sí. Creo que el mayor bien que podemos hacer a los hombres es hablarles de Cristo. Sé que hay vientres que llenar, y haremos lo posible por erradicar el hambre y la pobreza material. Pero me rebelo contra quienes dicen: «Llénales primero el estómago, y háblales de Dios después». Ése es el Dios de los ricos y satisfechos, un ídolo burgués. Nuestro Dios es el de las bienaventuranzas. Bendice primero la mesa, y después come.

(TOP12M)

Leyendo al revés

Me cuesta entender a quienes dicen: «Dios debe estar enfadado conmigo». Os confieso que jamás me he sentido mirado por Dios con ira. Iré aún más allá: Ni siquiera me he sentido jamás juzgado por Dios. Sé que el Señor vendrá a juzgar a vivos y muertos, pero todo eso es como si no fuera conmigo. Igual me equivoco, igual soy un temerario. Ni siquiera temo al infierno, aunque la idea del purgatorio me produce una pereza infinita. Temo al purgatorio, pero no temo al infierno.

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Leo la frase al revés: «Ya que no eres juzgado, no juzgues». Y la entiendo. No digo que la cumpla, digo que la entiendo. Jesús abrió para mí la puerta de su corazón misericordioso. Soy un pecador, pero soy amigo de Jesús, me sé muy amado por Él. Por eso no temo su juicio, porque es mi amigo. Y, antes de juzgarme, me salvó y me hizo, por su gracia, amigo del Juez e hijo de su Padre.

Ahora me pide que trate así a los demás. Que, ya que tanta misericordia he recibido, la tenga con mis hermanos. Sólo diré que quiero hacerlo. Se lo debo.

(TOP12L)

Un calvo feliz

«Padre, he recuperado la paz». Me lo decía un hombre de treinta años. «Me rebelaba contra Dios cada mañana al peinarme y ver que estaba perdiendo el pelo. Ya casi no necesito ni peinarme, y estaba furioso con Dios. Pero esta mañana le dije a Dios: “Te regalo mi pelo”, y he recuperado la paz». Lo de «mi pelo» supongo que era literal. Apenas le quedaba uno. Ojalá hubiera hecho ese ejercicio años atrás.

Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados.

Algunos le damos poquito trabajo al Señor con eso. Y si uno piensa que esa cuenta es garantía contra la alopecia, que se olvide. El pelo se nos cae de todas formas. También dice el Señor: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Pero morimos igualmente.

Cristo no nos promete prosperidad terrena, ni nos librará de la calvicie. Ni de la muerte. El que quiera pelo, que viaje a Turquía. Cristo nos promete que tendremos vida eterna. Y, cuando gozas vida eterna, si se cae el pelo, no pasa nada. Y si te mueres, tampoco pasa nada. Morirás feliz tras haber sido un calvo feliz. Y te irás al cielo. Eso te promete Cristo.

(TOA12)

A resultas de un engaño

Una mirada sin fe a la Cruz es la causa de que muchos no entiendan el verdadero abandono en manos de Dios.

Se confiesan de que no se abandonan, de que siguen preocupados por sus problemas, de que no acaban de confiar en Dios… Y la causa es esa mirada sin fe a la Cruz. Porque, fruto de esa mirada, distingues entre Cristo y la vida. Cristo crucificado te parece muerte, y la solución de tus problemas te parece vida.

Y, claro, comienzas a buscarte la vida tratando, a la vez, de no dar la espalda a Dios. No es nada fácil. De ahí procede la inquietud, la mala conciencia, las noches sin dormir. Al final, todo te va mal. Ni se solucionan los problemas, ni acabas de gozar del Amor del Señor. Ni Cristo, ni vida.

Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana.

Pero cuando te abrazas sin miedo al Crucifijo, cuando te olvidas de ti y no buscas más que el reino de Dios, cuando sólo deseas a Cristo, tienes Cristo y tienes vida. Porque Él es la Vida.

(TOP11S)

El tesoro del cristiano

«Atesorar» es reunir un tesoro. Uno compra una caja fuerte y va depositando en ella collares, brazaletes, diademas, anillos, pulseras… Así durante años. Y, al cabo de años de atesoramiento, tienes ya en la caja fuerte el tesoro de Sierra Madre dispuesto para vestirte como la reina de Saba, o para que venga el juez, te lo confisque y te pida explicaciones.

Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban.

Si pensáis que en el cielo se atesora como en la caja fuerte, podríais llegar a creer que se trata de ir echando al cielo sacos de méritos para gozarlos después de la muerte. Pero os equivocáis. En el cielo no se atesora así.

Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. No es necesario ir enviando méritos al cielo día a día. Allí ya están los méritos de Cristo, que nos pertenecen. Lo que hay que enviar al cielo es el corazón. Y entonces tus tesoros ya no son las riquezas, ni la salud, ni el prestigio, sino la gracia, el Amor de Dios, la Eucaristía, la Virgen… Antes de morir, ya eres inmensamente rico.

(TOP11V)

Por no tirarse a esa piscina

Te sorprendes de ti mismo. Hace cuatro años llevabas más de veinte sin pisar una iglesia. Y, tras estos cuatro años, durante los cuales has asistido a Misa diariamente, te preguntas cómo puede la gente vivir sin comulgar. ¡Si tú mismo viviste así!

Me respondes que no. Que no viviste. Que ahora te das cuenta de que aquello no era vida. Era movimiento, movimiento hacia la muerte, pero no vida. Ahora, gracias a la Eucaristía, has descubierto lo que es vivir. Y, cada vez que comulgas, te dices por dentro: «¡Esto es vida!»

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Y entiendes que esta petición del Padrenuestro es una invitación a la comunión diaria. Porque la comunión es el verdadero maná, el pan de Vida. Ahora lo sabes.

Pero no trates de explicárselo a quien no comulga, porque no te entenderá. Como tampoco tú lo hubieras entendido entonces. Es preciso sumergirse en la Eucaristía para conocer esa Vida, que es vida eterna.

Ahora que vienen los calores, te diré que la lástima es que sean tan pocos quienes se lancen a esa piscina. Muchos se quedan en la orilla, diciendo: «El agua está muy fría, no es de precepto». Pobrecillos.

(TOP11J)

El callejero y el libro de la Vida

En ocasiones hay que elegir entre merecer que pongan tu nombre a una calle o merecer que escriban tu nombre en el libro de la Vida. ¿A quién quieres agradar, a los hombres o a Dios? Ya, ya sé… Si pudieras, elegirías agradar a Dios y agradar también a los hombres; llegar al cielo habiendo recorrido en la tierra un pasillo de aplausos. Pero eso no es posible. Tienes que elegir. Muchos santos han pasado en este mundo por idiotas. Y también hay idiotas que han sido tenidos por santos mientras les duró el engaño.

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Ésa es la diferencia.

Para que pongan tu nombre a una calle, debes cuidar tu imagen pública. Peina bien tus redes sociales, encárgate de que conozcan lo mejor de ti (aunque tengas que inventarte alguna cosa). No sé si decirte que te deseo suerte, no estoy seguro…

Para que tu nombre esté escrito en el libro de la Vida, ni siquiera hace falta que te canonicen. Cuida lo escondido. Una genuflexión cuando nadie te ve, un beso al crucifijo de tu dormitorio, una limosna sin remitente… Y que los hombres digan de ti lo que quieran.

(TOP11X)

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