Algo le ocurrió a Dios cuando creó el mundo, algo que le hizo estremecer por dentro. Y ese escalofrío que dulcemente le agitó decidió guardarlo en secreto, en el reservado de la santísima Trinidad. «No se lo digamos a nadie».
Pero se le notaba, como se le nota a un hombre cuando está enamorado. Se le notaba cuando sobre el monte bendecía a Abrahán, se le notaba cuando desde la zarza hablaba con Moisés, se le notaba cuando consolaba a su pueblo a través de los profetas.
Siglos y siglos procurando guardar lo que le quemaba las entrañas, hasta que, un buen día, no pudo aguantar más. Y, cruzando la puerta abierta de la Virgen, dejó escapar su Palabra y reveló su secreto.
Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.
Y, en esa Palabra, Dios dijo al hombre abiertamente: «Te quiero». Agotó su «te quiero» hasta el silencio de la Cruz, y de ese silencio brotó la Vida, y de esa Vida brotó el Aliento, el Espíritu de Dios que entra en las almas.
Y allí, en lo profundo de cada alma en gracia, susurra su «Te quiero».
Reza, por el Amor de Dios.
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