Primero fue la suegra de Simón. Y, al ver el poder que tenía Jesús para sanar enfermos, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. No les bastó. A la mañana siguiente, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. ¡Quién no querría tener cerca al médico infalible! Quedaban aún muchas enfermedades por venir. Pero, con aquel hombre en casa, nada malo les podría ocurrir.
Jesús se les escapó. Como se escapó de otros lugares. Como se le escapó a la Magdalena después de resucitar. Pero ese anhelo, ese deseo de retener al Señor para que no se separe de nosotros es el anhelo más profundo del alma. Aunque por otros motivos. Que lo diga la esposa del Cantar: Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté, hasta meterlo en mi casa materna, en la alcoba de la que me concibió (Ct 3, 4).
Ya no buscas milagros. Lo buscas a Él. Y no quisieras soltarlo porque un solo segundo de vida sin Él se te vuelve infierno. Sólo en lo profundo del alma puedes retenerlo así. Se llama presencia de Dios.
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