Hay frases que una persona solamente debería pronunciar ante Dios. Una de ellas es la que pronunció Herodes. Y la pronunció, no ante Dios, sino ante una joven que acababa de seducirlo con la sensualidad de un baile:
Pídeme lo que quieras, que te lo daré.
Cuando un hombre entrega al Creador de este modo su voluntad, queda liberado, porque Dios rompe las cadenas que lo ataban al pecado y, adueñándose dulcemente de él, lo hace capaz de acciones divinas. La Virgen le entregó de esta forma su voluntad al Señor, y es inmaculada y madre de Dios. Los santos, que han sido las personas más libres y felices de la Humanidad, nos han enseñado a orar así. En palabras de san Ignacio: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad».
Pero cuando el hombre, como Herodes, le dice a una criatura: Pídeme lo que quieras, que te lo daré, queda esclavo de ella, y es Satanás quien, sirviéndose del pecado que supone arrebatarle a Dios la obediencia debida, secuestra la voluntad de la persona y la anula.
En definitiva: O le entregamos nuestra voluntad a Dios y somos santos, o se la entregamos al Enemigo y quedamos muertos y esclavizados.
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