No podemos negarle a Cristo resucitado el derecho al misterio. Él es el Misterio que ilumina la existencia del cristiano con brillos de cielo. ¿Qué tiene, entonces, de extraño que sus palabras sean misteriosas?
No me retengas, que todavía no he subido al Padre… Subo al Padre mío y Padre vuestro. No he subido, pero subo. Es decir, me aparezco a ti en la carne, pero no me retengas, que no nos quedamos aquí, aquí no me puedes retener. Para la carne soy resbaladizo, la visito y me marcho, vengo y me voy. Apenas diez minutos después de comulgar, mi cuerpo ha dejado de estar en el tuyo, porque la carne no puede retenerme. Si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así (2Co, 5, 16).
Subo, sube tú conmigo, ya no desees los consuelos de esta tierra. Buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (Col 3, 1). No consolaré tus sentidos, quedarán muertos y crucificados. Porque habéis muerto (v. 3). Muchos moriréis mártires. Pero llenaré tu alma de cielo. En el cielo podrás retenerme, porque vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (v. 3).
(TP01M)

















