Las palabras que Jesús dirige a Cafarnaún, Corozaín y Betsaida podrían leerse como una condena fulminante, como rayos de fuego caídos del cielo para abrasar a quienes han traicionado a Dios.
¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!… Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Pero, aunque lo parezcan, estas palabras no son una condena. Son el llanto del corazón de Cristo sobre aquéllos a quienes tanto amaba. No son fuego, son lágrimas.
En aquellas tres ciudades había realizado Jesús la mayoría de sus milagros. Una de ellas, Cafarnaún, es incluso llamada «la casa del Señor». Fueron muy privilegiadas por el Maestro. Pero esa predilección, en lugar de moverlas a gratitud y a obediencia a las palabras de Cristo, las movió a soberbia y presunción.
Cuando Jesús dice a Cafarnaún que bajará al abismo, no lo dice como quien envía a todo un pueblo al infierno de una patada, sino como una madre que ve a su hijo entregarse a los peores vicios y, llorando, le grita: «¡Te vas a matar!»
No conoce el corazón de Jesús quien lo ve vomitando condenas. Conoce el corazón de Jesús quien contempla y comparte sus lágrimas. Y hay motivo.
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