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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

No separéis al hijo de la madre

En el relato de Mateo, son dos los animales que acompañan a Jesús en su entrada en Jerusalén.

Trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Sé que es una pregunta estúpida, quizá infantil, pero a menudo me asaltan preguntas de ese estilo: ¿En cuál de los dos iba montado Jesús, en la borrica o en el pollino? Si preguntamos al profeta Zacarías, nos burlará con una doble respuesta: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila. ¿En qué quedamos?

Me quedo con el pollino. Cosas mías. Es que quiero pensar que esa pareja, madre e hijo, eran una señal. Si, tratándose de dos animalitos, Jesús no quiso separar al hijo de su madre, al pollino de la borrica, ¿cómo no iba Dios Padre a querer que la Virgen María acompañara a su Hijo Jesús durante las horas más amargas y dolorosas de su vida?

Hace apenas una semana decía Tomás: Vamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16). Vamos, vamos también nosotros. Tomemos la mano de María y entreguemos con Él nuestra vida en esta Semana Santa que hoy comienza.

(DRAMOSA)

El porquero de Agamenón

Fue Antonio Machado quien, en su «Juan de Mairena», popularizó la frase: «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». En este caso, Machado se parece más a Agamenón. Pero Caifás se parecía a su porquero.

Os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Machado o Caifás, Agamenón o su porquero, da igual quien lo diga. En la frase del sumo sacerdote hay más verdad de la que él mismo podía imaginar.

Porque la nación entera, la Humanidad entera entregada en sacrificio era incapaz de expiar un solo pecado venial. ¿Cómo puede el sacrificio de un hombre reparar el honor ofendido de la majestad de Dios?

Sólo de una forma: con el sacrificio de un hombre que sea Dios. Y ése, un hombre que es Dios será el «uno» que morirá por el pueblo.

Recuérdalo al mirar al Crucifijo, y míralo con mirada de fe: Es Dios muriendo por ti. Repítetelo una y otra vez, mientras repasas sus llagas, las marcas del látigo en su piel y las espinas que coronan su cabeza. No parece ni hombre, parece un gusano pisoteado… pero es Dios muriendo por ti. Póstrate y da gracias.

(TC05S)

Él tenía que posar para Velázquez

Pudo ser la última hora de Jesús sobre la tierra:

Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Así, apedreada, pudo haber muerto la mujer adúltera que presentaron ante el Señor. Así murió meses después Esteban. Y así pudo haber muerto Jesús.

Pero no era el plan de Dios. No era la hora.

Se les escabulló de las manos.

Matarlo así, en ese momento, hubiera sido un ataque de ira con consecuencias devastadoras. Un asesinato «en caliente» que nos hubiera dejado sin crucifijos y sin Dolorosa.

La condena de Cristo no podía ser el fruto de un arrebato. Tenía que producirse en frío, con juicio y entrega a las autoridades civiles. Jesús tenía que ser expuesto ante el pueblo, desprestigiado y humillado públicamente. Sobre todo, tenía que ser levantado. Era preciso que estuviera en alto para que todos lo vieran, para que todos se avergonzaran de Él…

… Para que todos lo adorásemos, para que Velázquez pudiera pintar su obra maestra, para que pudiéramos besar el leño el Viernes Santo.

Aunque la Pasión fue obra del pecado de los hombres, fue Dios quien, misteriosamente, marcó los tiempos. Y Velázquez quien lo pintó. Nadie puede pintar un cadáver sepultado entre piedras.

(TC05V)

La gran provocación

Puede que fuera la frase más atrevida, la más provocadora y tajante de cuantas pronunció Jesús ante aquellos judíos:

Antes de que Abrahán existiera, yo soy.

El sonido de estas palabras fue como el azote de un látigo en las entrañas. Jesús no dijo: «Antes de que Abrahán naciera», lo cual le hubiese situado en un tiempo histórico anterior al nacimiento del patriarca y le hubiese hecho quedar como un loco; sino «antes de que Abrahán existiera», lo cual lo situaba en la eternidad, fuera de la línea del tiempo. Y recalcó «Yo soy», las mismas palabras con que Yahweh reveló a Moisés su nombre desde la zarza.

Se trata de una de las manifestaciones más claras de la divinidad de Cristo. Pero también de una blasfemia terrible a los oídos de aquellos hombres. Jesús se situaba ante ellos por encima de la Historia y del Cosmos. ¡El trono de Dios!

Deberían haberse postrado. Pero, en lugar de eso, cogieron piedras para tirárselas.

Postrémonos nosotros. No perdamos de vista la divinidad de Cristo durante su Pasión. Porque precisamente allí, en la Cruz, será levantado sobre la Historia y sobre el Cosmos, sobre Abrahán y sobre nosotros. Es el «antes» eterno.

(TC05J)

La primera comunión de la Historia

Es gracioso (porque es gracia) cómo se solapan los ciclos litúrgicos. Sumergidos, como estamos, en lo más profundo de la Cuaresma, se abre hoy un paréntesis y comienza la cuenta atrás para la Navidad. Nueve meses a partir de hoy. Porque hoy, a través del anuncio del ángel, siembra Dios en las purísimas entrañas de María, la tierra buena, la semilla de su Hijo encarnado.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. No cabe más docilidad. Dieciséis siglos después, esas palabras virginales encontrarían eco en los versos de santa Teresa de Jesús: «Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?»

Es la primera comunión de la Historia. El mismo cuerpo que cada día comulgamos fue recibido en las entrañas de la Virgen. Ella fue el primer sagrario. Podríamos saludar al Hijo de Dios con una reverente genuflexión ante santa María encinta. Hoy quiero yo hacer esa genuflexión.

Pero no olvidemos que también en nosotros siembra Dios su semilla, su palabra pronunciada y escuchada cada día. Acojámosla con la misma devoción con que acogió la Virgen en su seno al Hijo de Dios. Y también nosotros, salvadas todas las distancias, seremos madre de Cristo.

(2503)

Cuando se hace de noche

«¡Me parece increíble que esto sea tan fácil!». Me lo decía un recién convertido, que estaba siendo cubierto de consuelos. En la película «Becket» (Peter Glenville, 1964), el santo dice algo parecido cuando entrega todos sus bienes a los pobres.

Y es que, cuando se escucha la llamada del Señor y se comienza a caminar tras Él, todo es fácil. Ves milagros, sientes emociones dulces, te conmueves cuando rezas y nadas en consuelos. Para los apóstoles fue también así en los primeros meses.

Pero, si no cometes la torpeza de quedarte en la puerta de entrada jugando a santos y caminas entregando la vida, llega un momento en que el camino alcanza la ladera de un monte. Y, mientras Jesús comienza a subirlo, te dice: Donde yo voy no podéis venir vosotros. Las mismas palabras las repetirá ante Simón poco antes de morir: Adonde yo voy no me puedes seguir ahora (Jn 13, 36).

Se hace de noche. Y ya no sientes nada, salvo cansancio y sequedad. Una sequedad ardiente que se clava en el corazón como un cuchillo. Delante de ti está la Cruz. Y ahora te lo juegas todo. ¿Qué harás?

Yo te lo digo: ponerte de rodillas.

(TC05M)

No peques más, que nos aburres a todos

Procurad ir hoy a misa con tiempo. El relato de la casta Susana es casi interminable si se lee la versión larga. Y, en ese caso, espero que os toque un buen lector. Porque lo casi interminable, leído por un mal lector, se convierte en casi insufrible. Yo me alegro de que Susana fuera casta y buena, la culpa de la longitud de la lectura es de los viejos. Porque lo pecados lo embrollan todo.

Que se lo digan a aquella mujer sorprendida en adulterio. Menudo lío, te pones a pecar, te pillan los escribas en plena faena, y rápidamente te preguntas: «¿Por qué me meto en estos líos?». Otro embrollo.

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Jesús te deshace el embrollo, pero no te da la razón. Te devuelve la inocencia, pero te encarga severa y dulcemente que la guardes.

En el calvario, la casta Susana y la mujer adúltera se encuentran y se miran a los ojos. El Justo es condenado para que resulte perdonado el pecador. ¡Con cuánta gratitud debo meditar la Pasión del Señor y recibir su sangre! Pero también debo escuchar cómo me dice, desde la Cruz: «No peques más».

(TC05L)

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