El misterio del mal es el gran obstáculo que muchos encuentran para aceptar la existencia de Dios. «Si Dios existe, ¿por qué hay guerras? ¿por qué hay injusticias? ¿por qué mueren inocentes? Si Dios existiera, no lo permitiría».
Realmente quieren decir: «Si Dios existiera, tendría que hacer lo que haría yo». Sólo admiten a un dios a su imagen, no conciben que Dios pueda sorprenderles ni, desde luego, que sean ellos quienes deberían imitar a Dios.
He escrito al comienzo de estas líneas «misterio del mal». El que Dios otorgue al ser humano el don de la libertad, y no le retire ese don cuando el hombre se vuelve contra Él o contra su hermano es algo que nos desborda por todas partes y nos deja boquiabiertos. Pero cerrar de un portazo la puerta del misterio y darse la vuelta es propio de mediocres. Abrir los ojos y contemplar es de sabios.
Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
Habrá una siega, un juicio final, un tiempo en que todo será trigo. Pero, hasta que ese día llegue, Dios quiere que convivamos con el mal, que lo suframos, que lo redimamos. Por eso plantó una cruz en el centro del campo.
(TOA16)

















