Acepto pocas invitaciones a comer. Así evito el queso. No sé por qué, cuando la gente invita alguien a comer, le pone queso. Y yo odio a muerte el queso. Santa Margarita María de Alacoque también. Cuando ingresó en el convento, sus padres pusieron como condición que no le dieran queso. Qué bien les comprendo. Y a ella. Y si alguien te invita a comer, te pone queso, y tú no te lo comes, luego se queja de que no aceptaste su queso. Que se lo coma él. No está bien invitar a alguien a comer y juzgarlo después.
Como el fariseo que invitó a Jesús. Se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer. ¿Por qué te sorprendes? ¿Por qué lo juzgas? ¿No es tu invitado? Trátalo bien, sé acogedor. En lugar de sorprenderte, asómbrate ante esas manos que no necesitan ser purificadas.
Esas manos, fariseo ciego, esas manos que Jesús no se lavó tocaron a un leproso y, en lugar de ensuciarse, limpiaron la piel del enfermo. Esas manos parten el pan y lo convierten en carne de Dios.
Pobre fariseo. En lugar de sorprenderte, deberías haberle pedido que te tocara con esas manos.
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