«A mí no me engañas, que soy tu madre y te conozco». ¡Vaya con mamá! No hay mayor ejercicio de poder que una frase como ésa. No tienes misterio para mí, te veo por dentro y sé lo que sientes. Y el pobre niño, ante semejante declaración, se siente desnudo e indefenso. Sin ser mamá, intentamos la misma maniobra cuando decimos a alguien: «Te conozco como si te hubiera parido».
Sé quién eres: el Santo de Dios. Pensé que los demonios eran más listos. Éste salió idiota. ¡Tú qué vas a saber! Nadie conoce al Hijo más que el Padre (Mt 11, 27). Y Jesús, cansado de tanta estupidez, le impreca: ¡Cállate y sal de él! En otras palabras: «¡No digas tonterías!»
Señor, tú me sondeas y me conoces (Sal 138, 1). Tú, Jesús, me conoces. Y no como mamá cuando quiere arrebatarme el secreto. Me conoces dulcemente, acaricias mi interior, y así me siento comprendido sólo por Ti. No tengo misterio para Ti, ni quiero tenerlo. Me has robado el corazón.
Y yo quiero sumergirme en Ti, aunque nunca llegue a sondearte. Me basta bucear en tu sagrado corazón, que es un mar sin fondo ni orillas. Vivo allí.
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