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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El mundo eres tú

El mundo eres tú. No vayas a creer que Dios lanza un «te quiero» ante la bola del mundo y a ti te cae encima la milésima parte de una gota. Es cierto que la milésima parte de una gota del Amor de Dios bastaría para saciar de gozo mil vidas, pero la realidad es aún mejor. El mundo eres tú.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Quita «el mundo» y pon tu nombre. Tanto te quiere Dios a ti…

Cuando comulgues, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando mires un crucifijo, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando estés ante un sagrario, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando te recojas en lo profundo de tu alma y encuentres al Huésped que allí habita, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes al Espíritu de mi Hijo».

No tienes otra cosa que hacer, créeme. Escucha esa declaración de Amor venida de Dios. Porque el mundo eres tú.

(TP02X)

Gallegadas

Después de la Misa Crismal comí junto a un diácono gallego que muy pronto será sacerdote. Su párroco nos hacía reír: «Le pregunté: “¿hay muchas formas en el copón?” Fue a mirar y me respondió: “Muchísimas no hay”». ¡Viva Orense! Creo que fue José María García quien definió a los gallegos diciendo que, cuando los encuentras en medio de una escalera, no sabes si suben o bajan.

El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Gallegos todos.

Pero es verdad. El santo, haya nacido en Orense o en Calatayud, tiene un aire de misterio. Está en este mundo, pero no es de este mundo. Hay tragedias que considera anécdotas, y está dispuesto a morir por tesoros que los hombres desprecian. Habla tu mismo lenguaje, pero sus palabras, en muchas ocasiones, parecen venir de lejos y dejan en tu alma un poso que rasga el horizonte y te abre al misterio.

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo. Porque el santo viene del cielo y va al cielo. Y te alumbrará el camino al cielo si lo escuchas.

(TP02M)

No tienes remedio

No sé cómo se lo tomó Nicodemo pero, según lo susceptible que sea cada uno, las palabras de Jesús podrían considerarse ofensivas.

En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.

Es como decir: «Mira, lo tuyo no tiene remedio ni arreglo posible, no te esfuerces. Te tienen que hacer otra vez».

¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?

Para volver a nacer, primero tienes que morir. Morir a la carne y nacer para Dios. Es decir, date por muerto. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 1, 3).

En resumidas cuentas: ¿Quieres nacer de nuevo? Da todo por perdido en este mundo. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Y ahora vuelve a tu bautismo. A tu nacimiento del agua y del Espíritu. Vuelve a ser niño y clama «¡Abbá!» mirando al cielo. Ya estás en Cristo. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Vienes del Padre y vas al Padre.

(TP02L)

Dos luces tiene el día

divina misericordia«¡Chsssst! No habléis alto, que vais a despertar al niño». Es domingo, son las doce de la mañana, el «niño» tiene diecisiete años y ha llegado a casa a las seis, borracho como una cuba después de pasar la noche de fiesta. Mamá es boba.

El día tiene dos luces. La luz del sol, que es fuego ardiente; y la claridad con que se cuela en el hogar a través de las ventanas, llenando de vida la casa. Mamá debería irrumpir en la habitación del «niño», levantar las persianas y anunciarle que es de día. Si el niño se tapa con la manta, peor para él.

Dos luces tiene la resurrección de Cristo: su cuerpo resucitado, que alegra cielos y tierra, y la claridad con que ilumina el alma. Esa claridad, llamada Divina Misericordia, limpia los pecados y llena de Dios el interior del hombre.

Reci­bid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. Y así la Iglesia, como una buena madre, a través de las manos del sacerdote levanta las persianas del alma en tinieblas y la llena con luces de cielo. No te quedes durmiendo, que ya es mediodía. Acude al sacramento del Perdón.

(TPA02)

El nombre sobre todo nombre

«En aquel tiempo»… Lo normal es que la lectura del santo Evangelio comience así.

Pero hoy no.

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena.

Hoy es el único día del año en que la lectura del Evangelio comienza con el nombre de Jesús. Esta observación parece una niñería, una casualidad, una bobada… pero no lo es. Porque con ese nombre comienza todo.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo (Col 1, 18). Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 1, 9-11).

María Magdalena, cuando lo encontró resucitado, lo llamó «Rabbuní». Te deseo que lo encuentres en esta Pascua. Y lo encontrarás si lo buscas, porque Él ya ha salido a buscarte a ti. Acude a la Eucaristía; comulga, si puedes, cada día, y hazlo con fervor. Reza ante el sagrario. Y cuando el sacerdote lo ponga en tus labios, dile, simplemente, emocionadamente, rendidamente: «¡Jesús!»

(TP01S)

No hay duda, eres Tú

Tú lo tienes todo; yo no tengo nada. Tú has resucitado; yo no paro de moquear. Tú eres la luz y habitas en la luz; yo te sigo buscando en las tinieblas. Tú estás sentado a la derecha del Padre; yo sigo renqueando en el camino a Casa. Y hoy, que vienes a mí y me llamas desde la orilla, esa orilla a la que tanto anhelo llegar, no tienes otra ocurrencia que decirme:

Muchachos, ¿tenéis pescado?

¡Me pides Tú a mí! Y te me acercas como un pedigüeño, como si fueras Tú el que necesitas de mí.

No hay duda, eres Tú. Sigues fiel a tus costumbres. Sacaste agua de una roca para dar de beber a todo un pueblo, y te dirigiste a una mujer samaritana para pedirle agua de un pozo. Alimentaste a los hebreos con el maná, y le pediste cinco panes a un niño.

Eres Tú, sin duda. Y está claro que nada necesitas de mí. Pero me pides limosna porque sabes que mi felicidad consiste en darte cuanto tengo y cuanto soy.

¡Cómo voy a negarte nada, cuando sé que Tú mismo me darás lo que me pides!

Vamos, almorzad.

¡Qué alegría! ¡Eres Tú!

(TP01V)

Por eso no envidio a los ángeles

De los ángeles podría envidiar (santamente) su claridad en el conocimiento de Dios. Y su confirmación en el «sí» que sólo necesitaron pronunciar una vez. Y su gozo espiritual. Y su alabanza perpetua. Y más cosas…

Pero hay una, sólo una por la que no los envidio, y por ella me alegro de ser hombre, con todos los peligros y angustias que conlleva:

Daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

El ángel no tiene carne. No puede besar a la Virgen, como yo sueño poder hacer algún día, ni abrazar a Cristo como espero abrazarlo yo cuando mi pobre cuerpo haya resucitado.

¿Tenéis ahí algo de comer? El ángel no puede comer ni beber. Y a Jesús y a mí nos gusta comer y beber. Y ahora, mientras tú lees estas líneas, yo estaré realizando mis ejercicios espirituales. Y son tan espirituales mis ejercicios que los paso esperando un momento que no siempre llega, pero que algunos años irrumpe como una bendición: el momento en que, por sorpresa, en la cena nos ponen cerveza y tortilla de patatas.

Así de espiritual. Así de carnal. Por eso no envidio a los ángeles.

(TP01J)

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