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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Los que no escuchan

¿No os produce fastidio hablar a quien no os escucha? Sobre todo, si estáis hablando de algo que os importa, algo en lo que creéis, algo de lo que estáis enamorados. No podéis imaginar lo que siente el sacerdote cuando está predicando las maravillas del corazón de Cristo y ve a los feligreses mirando el reloj, consultando el móvil o bostezando. Uno piensa: «¿Para qué hablo? Esto no les importa en absoluto. Pero ¿cómo es posible que no les importe? ¿Cómo puede no importarles el Amor de Dios? ¿En qué piensan? ¿Para qué viven?»

Pero no escucharon ni hicieron caso. Me dieron la espalda y no la cara (Jer 7, 24-26). Más difícil todavía es imaginar el disgusto de Dios ante la indiferencia de su pueblo. Y cuando, en su infinita paciencia, decidió enviar a su Palabra al mundo, los hombres dijeron: Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios. Fue rechazado y reducido al silencio en la Cruz.

Ojalá escuchéis hoy su voz (Sal 94). Acoged a Cristo dentro del alma, paladead en el corazón los santos evangelios. No obréis como los necios que miran el móvil durante el sermón, que es Dios quien habla.

(TC03J)

La plenitud de la Ley

Cuando Yahweh dio su ley a Moisés, firmo un pacto, una alianza con los hebreos, y se comprometió con ellos. Si el pueblo guardaba los preceptos del Señor, Dios sería fiel a su promesa: Que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar (Dt 4, 1). Se trataba de una promesa de prosperidad material. Ésa es, en el Antiguo Testamento, la recompensa del justo: una vida larga, multitud de hijos y multitud de riquezas.

Pero cuando el Hijo de Dios viene a la tierra dice sobre la ley de Moisés: No he venido a abolir, sino a dar plenitud. ¿Cuál es esa plenitud?

Toda la ley se resumía en el amor a Dios y al prójimo. En su Pasión, Cristo llevó ese amor hasta el extremo (Jn 13, 1), hasta la entrega de la propia vida.

Pero el premio no es el esperado. Jesús no triunfa en esta vida, muere joven, pobre y despojado de todo. ¿Qué puede esperar un cristiano, entonces, en esta tierra? Compartir su cruz.

El premio también ha sido llevado a plenitud. Cristo reina sobre los cielos, y el cristiano recibe vida eterna.

(TC03X)

Mi cerebro y el tipo de la taladradora

Mientras intento escribir, tengo frente a mi ventana a un tipo perforando una pared con una taladradora. Mi reloj inteligente me avisa de que estoy sometido a más decibelios de los que mi cerebro puede soportar sin estallar. Debe estar a punto del estallido, porque el dolor de cabeza roza el nivel 15 en una escala de 10. Y mis pensamientos, en lugar de centrarse en las palabras del evangelio, van dirigidos al tipo de la taladradora, a su padre, a su madre y a todos sus ascendientes hasta la décima generación. ¿Qué puedo hacer?

¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

Debo hacer algo que no provoque más ruido en el alma que en los tímpanos. Recordar cómo mis pecados han taladrado el corazón de Cristo con más violencia de la que está ejerciendo sobre mi cerebro el *&@/%# de la taladradora. *&@/%# significa «bendito».

Entonces miro cómo el Señor me sonríe desde la Cruz mientras yo taladro su corazón, y saco la cabeza por la ventana y rezo un padrenuestro por el de la taladradora. Para que Dios le bendiga, y para que se detenga de una *&@/%# vez. Amén.

(TC03M)

El fervor del converso

NaamánSe molestaron mucho los nazarenos cuando Jesús les puso como ejemplo a un extranjero, Naamán, que fue curado de la lepra por Eliseo. Pero aquel hombre, cuando fue sanado, se llenó de gratitud hacia el profeta y profesó su fe en el verdadero Dios. Los nazarenos, sin embargo, habían tenido a Dios en persona conviviendo junto a ellos durante años y lo quisieron despeñar por un barranco. Ya lo veis: gratitud en el de lejos, desprecio en los de cerca. Llamadlo, si queréis, «fervor del converso». Pero también podemos hablar de la tibieza de los «buenos».

En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Conozco el fervor del converso. Dios me ha concedido ver muchas conversiones. Pero yo he creído desde niño; apenas recuerdo un domingo en que no haya ido a Misa. Y hace más de treinta años que no he pasado un día sin comulgar. Por eso le pido a Jesús que no se me enfríen los ojos cuando lo miro, que cada día me postre ante el sagrario con el corazón más enamorado y jamás deje de conmoverme el Crucifijo.

Pedidlo vosotros también: fe de teólogos, oración de místicos y fervor de conversos.

(TC03L)

El miedo a ser felices

Mucha gente tiene miedo a Dios. Y no me refiero ahora a quienes temen el castigo divino, sino a quienes no se atreven a acercarse más al Señor por temor a que les pida demasiado. Hace años me dijo un hombre: «No volveré a sus misas. Ya le he calado a usted. Usted quiere que sea santo, y yo quiero ser un cristiano “normal”». No volvió. También recuerdo cómo una joven me dijo que no quería hacer ejercicios espirituales por miedo a que Dios le pidiera que entrara en un convento. Hizo los ejercicios, y es la religiosa más feliz del planeta.

Si conocieras el don de Dios… ¡Qué equivocados estamos! ¡Qué injustos somos con Dios! Y, en esa injusticia, siempre salimos perdiendo. Porque Dios no nos pide cosas. Él no necesita nada de nosotros. Sólo quiere que conozcamos su Amor, y que ese Amor llene nuestros corazones como agua viva que riega los campos, como agua fresca que apaga la sed.

Este Dios enamorado está empeñado en hacernos felices, y nosotros parecemos empeñados en no permitírselo por miedo a enamorarnos de Él y a desprendernos, cautivos de ese Amor, de las cuatro bagatelas que nos atan a este mundo.

(TCA03)

El hombre que no tenía corazón

Puede que no sea el personaje principal. La llamamos «Parábola del hijo pródigo» y adjudicamos el papel protagonista al hijo menor. El hijo mayor, como el padre, queda como un personaje secundario. Pero yo le daría el Óscar al mejor personaje secundario. Se podría hacer un spin-off sobre su vida.

En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.

Nunca abandonó la casa de su padre, pero… ¡no tenía corazón! Tenía una piedra dentro del pecho. Si hubiese tenido corazón, las palabras de su padre le habrían conmovido: Tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. ¿Cómo es posible que no albergase ni un ápice de gratitud?

Medita tú esas palabras y, si tienes corazón, te conmoverán. Porque quizá fuiste una vez el hijo pródigo, pero ya no lo eres. Hace tiempo que vives con Dios. No te endurezcas, deja que su misericordia te conmueva cada día… y te llenarás de amor por ese hermano que se fue.

(TC02S)

Jerusalén: las bombas y la Cruz

Conforme avanza la Cuaresma, la Cruz se va perfilando en el horizonte. Cada viernes es anuncio del Viernes Santo.

Los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia».

Es el odio de los hombres el que habla. La Pasión de Cristo no es obra de Dios, sino del pecado. La muerte en Cruz del Hijo de Dios nunca debió suceder. Ayer llegué de una guerra, he estado en Jerusalén mientras caían las bombas, he visto el horror provocado por el odio. Y, conforme crujían las alertas en los teléfonos y gritaban las sirenas, conforme escuchábamos una explosión tras otra, me decía a mí mismo: Esto no debería estar pasando, Dios no creó al hombre para esto, esto es obra de Mal, no del Bien.

¿Cuál es, entonces, la obra de Dios que nos lleva a contemplar enamorados la Pasión de Cristo? La Redención. Mientras los hombres lo matábamos, Cristo se ofrecía, perdonaba y suplicaba al Padre por nosotros. Y así el odio se destilaba en Amor.

Sólo el sufrimiento del justo bajo las bombas puede hacer que el Mal se convierta en Bien y el odio en amor.

(TC02V)

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