Hay personas a quienes no se les cae el «yo» de la boca. En cuanto empiezan a hablar, te ponen al día de lo que han comprado, lo que les duele hoy, lo bien o mal que han dormido, lo que van a comer o los muchos problemas que tienen. Creen ser el centro del mundo, y te dan el parte de las noticias de interés para el planeta.
Jesucristo habló mucho de sí mismo. Pero, en su caso, todo era distinto. Porque Él es realmente el centro del Cosmos.
Aquí hay uno que es más que Jonás… Aquí hay uno que es más que Salomón. Hacía poco había dicho que Él era más que el templo, y que era Señor del sábado.
Podríamos decir mucho más y nunca acabaríamos; mi conclusión es esta: «Él lo es todo» (Eclo 43m 27). Estas palabras están escritas mucho antes de que Jesús naciera. Pero anunciaban la llegada del hombre más autorizado para hablar de sí mismo.
Ni tú ni yo somos el centro del Cosmos. Por eso, más nos valdría reservar el relato de nuestra vida para el confesor o para el cónyuge y hablar más de quien realmente lo merece: Cristo.
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