Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El misterio del mal y la paciencia de Dios

El misterio del mal es el gran obstáculo que muchos encuentran para aceptar la existencia de Dios. «Si Dios existe, ¿por qué hay guerras? ¿por qué hay injusticias? ¿por qué mueren inocentes? Si Dios existiera, no lo permitiría».

Realmente quieren decir: «Si Dios existiera, tendría que hacer lo que haría yo». Sólo admiten a un dios a su imagen, no conciben que Dios pueda sorprenderles ni, desde luego, que sean ellos quienes deberían imitar a Dios.

He escrito al comienzo de estas líneas «misterio del mal». El que Dios otorgue al ser humano el don de la libertad, y no le retire ese don cuando el hombre se vuelve contra Él o contra su hermano es algo que nos desborda por todas partes y nos deja boquiabiertos. Pero cerrar de un portazo la puerta del misterio y darse la vuelta es propio de mediocres. Abrir los ojos y contemplar es de sabios.

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Habrá una siega, un juicio final, un tiempo en que todo será trigo. Pero, hasta que ese día llegue, Dios quiere que convivamos con el mal, que lo suframos, que lo redimamos. Por eso plantó una cruz en el centro del campo.

(TOA16)

La gran evasión

Me he acordado del punto 132 de «Camino»: «No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye!».

Huir no siempre es de cobardes. Lo es cuando es preciso entablar combate. Pero, por ejemplo, quien está cautivo debe procurar huir. Y también el soldado a quien quieren hacer prisionero.

Los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Él los curó a todos.

¿Acaso no trata de eso el cristianismo? Precisamente, de escapar con Jesús de la muerte y ser sanado al contemplarlo. Mira cómo, en un incendio, la gente abandona su casa y sale con lo puesto buscando la ruta de huida. Eso hacemos nosotros: dejamos todo atrás menos a Cristo y, siguiéndolo, nos adentramos en el desierto como hicieron los hebreos siguiendo a Moisés.

Después, en esa huida, lo seguimos hasta el Calvario y, allí, Él rompe la trampa de la muerte abriendo en ella una grieta en forma de Cruz. Y por esa grieta, tras Él, escapamos hacia el cielo.

¿Quién quiere perder tiempo dándose de mamporros con los demonios? Nosotros no. Nosotros escapamos. La vida y la Pasión de Cristo son la gran evasión, nuestro Éxodo.

(TOP15S)

¡Qué atrevimiento!

¡Pero cómo se atreven! Hay que entrar en la cabeza de los fariseos, palpar su escándalo. ¿Quién se han creído que son esos tipos? ¿Pues no están arrancando espigas y comiéndolas en pleno sábado? ¿Y no se dan cuenta de que estamos aquí delante? ¿Es que no tienen vergüenza? Y su Maestro no les reprende.

Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado.

Jesús les habla de un atrevimiento mayor, cuando David y los suyos entraron en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino solo a los sacerdotes. Al lado de aquello, lo de las espigas no llegaba ni a pecado venial.

Pero, para atrevidos, nosotros. ¿No comemos cada día la carne de Cristo y devoramos su sangre? ¿Existe atrevimiento mayor? Y con qué alegría, con qué naturalidad lo hacemos, como si fuera lo normal.

Demos un paso más en el atrevimiento. ¡Es lo normal! Lo es para un hijo de Dios, incorporado al cuerpo de Cristo por la gracia.

Aunque esa «normalidad» no debería dejar de sobrecogernos nunca. Ojalá temblásemos de gratitud en cada comunión.

(TOP15V)

El alivio del cristiano

Meditas la Pasión de Cristo, y vuelves a imaginar esos azotes, esas bofetadas, esa corona de espinas y esos clavos. Contemplas cómo carga con la Cruz sin apenas fuerzas y sin apenas sangre. Y hoy lees las palabras del Señor y, claro, te haces preguntas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

¿Cómo va a ser llevadero semejante yugo, y ligera semejante carga?

Pero te equivocas. El yugo y la carga a los que se refiere Jesús no son los azotes, ni las espinas, ni los clavos, ni el peso del madero. Si Dios te pidiera el martirio, Él mismo te haría capaz. Siempre lo ha hecho. Pero el martirio de sangre no es lo habitual ni lo ordinario.

El yugo y la carga a los que se refiere Jesús son la crucifixión de tu propia voluntad para hacer en todo, como Él, la voluntad del Padre. Y hacerla abrazado a Él.

Ese yugo es llevadero y esa carga ligera. Porque el mayor peso que llevas es ese apego a tus planes, a tu propia voluntad, ese querer siempre salirte con la tuya. Cuando te desprendas de esa carga y te abraces al Señor, experimentarás el alivio del cristiano.

(TOP15J)

Cumplidores y contemplativos

Han pasado dos mil años, y muchos no se han enterado todavía. San Pablo lo repitió decenas de veces, y muchos siguen sin enterarse.

Repitámoslo una vez más, a ver si alguno de ellos al menos se entera.

En el pasado, Dios reveló al pueblo escogido su Ley en el Sinaí. En esos mandatos estaba escrito lo que debían hacer los hombres para obtener la bendición del Altísimo. Observa mis mandatos y vivirás (Prov 4, 4).

Pero, llegada la plenitud del tiempo, Dios mostró a los hombres el rostro de su Hijo.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Ahora, en Cristo, Dios revela a los humildes, mediante el Espíritu, la hermosura del Hijo y del Padre. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,3). Ya no se trata de hacer, ni de cumplir. Ahora, el camino a la santidad pasa por contemplar y enamorarse para tener vida eterna.

Antes había que ser santo para ser feliz. Ahora se trata de ser feliz para ser santo.

(TOP15X)

Las lágrimas de Dios

Las palabras que Jesús dirige a Cafarnaún, Corozaín y Betsaida podrían leerse como una condena fulminante, como rayos de fuego caídos del cielo para abrasar a quienes han traicionado a Dios.

¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!… Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.

Pero, aunque lo parezcan, estas palabras no son una condena. Son el llanto del corazón de Cristo sobre aquéllos a quienes tanto amaba. No son fuego, son lágrimas.

En aquellas tres ciudades había realizado Jesús la mayoría de sus milagros. Una de ellas, Cafarnaún, es incluso llamada «la casa del Señor». Fueron muy privilegiadas por el Maestro. Pero esa predilección, en lugar de moverlas a gratitud y a obediencia a las palabras de Cristo, las movió a soberbia y presunción.

Cuando Jesús dice a Cafarnaún que bajará al abismo, no lo dice como quien envía a todo un pueblo al infierno de una patada, sino como una madre que ve a su hijo entregarse a los peores vicios y, llorando, le grita: «¡Te vas a matar!»

No conoce el corazón de Jesús quien lo ve vomitando condenas. Conoce el corazón de Jesús quien contempla y comparte sus lágrimas. Y hay motivo.

(TOP15M)

Con dignidad, pero sin tonterías

Tirarse de cabeza a una piscina con sesenta años es una impertinencia. Eso es para los jóvenes. Si yo veo a un tipo de mi edad tirándose de cabeza pienso: «¡Quién se habrá creído que es este mamarracho!»

Así que, cuando disfruto de la piscina de mi hermana, bajo por la escalera, con la dignidad propia de mis años. Pero bajo deprisa y, en cuanto bajo, me sumerjo por completo, esté el agua fría o caliente. Eso de ir poquito a poquito, primero la puntita del pie, luego la rodillita, luego el ombliguito, luego te echas agüita por la nuca etc., es una tortura propia de cobardes.

Con la fe sucede igual: El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. Quienes rezan «un poquito», quienes se rinden sólo a medias no disfrutan de la fe, porque la tibieza se lo impide; y tampoco disfrutan del mundo, porque se lo impide su mala conciencia. Para que Cristo te haga feliz debes sumergirte en Él. Si no le entregas absolutamente todo, si no lo amas desesperadamente, si no bajas todas las defensas y le permites conquistar tu vida por entero, no conocerás la verdadera dicha.

(TOP15L)

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad