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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Si quieres convencer a Dios…

Me he acordado del bueno de Abrahán, y del modo en que intentó camelarse a Dios antes de que destruyera Sodoma y Gomorra, regateando con Él como si estuviera en un mercado persa: «Si encontraras allí cuarenta justos… si hubiera treinta… veinte… diez…» (Cf. Gén 18, 22-32). No consiguió nada, salvo hacerme sonreír cuando lo leo.

Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. ¿Has intentado alguna vez convencer a Dios de algo con un discurso? ¿Y has conseguido algo? Supongo que hacerle sonreír a Él.

Léelo de nuevo: No uséis muchas palabras. Basta con una: deja orar a la Palabra. A Cristo.

Padre nuestro que estás en el cielo… En el Padrenuestro es la propia Palabra quien ora a su Padre. Deja que esa Palabra sea sembrada en ti, escúchala con atención. Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo (Is 55, 11).

No reces tú el Padrenuestro, no se lo robes a Cristo. Deja que sea Él quien lo rece en ti. Es el único que puede convencer a Dios.

(TC01M)

Desde la Cruz te está llamando

Amar a Dios cuando estamos de rodillas ante un sagrario es facilísimo. Amar a Dios cuando estoy comenzando a cenar y un parroquiano toca el timbre para decirme que su madre necesita urgentemente los sacramentos es otro cantar. No es lo mismo rezar arrodillado que meter la cena en el horno y ponerme el abrigo para visitar a una enferma.

Todo el discurso de Jesús sobre el juicio gira en torno a dos mandatos: Venid vosotros, benditos de mi Padre… Apartaos de mí, malditos… Y ese mandato pasa por la Cruz tanto como por el sagrario. Si escucho ese «venid» de labios del crucificado, iré y lo abrazaré en el prójimo que sufre: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve enfermo y me visitasteis. Pero si huyo de la Cruz, en el sufrimiento del prójimo escucharé el «apartaos», reproducido en esa voz interior que me dice: «Apártate, o éste te quitará la vida». Y me apartaré. Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve enfermo y no me visitasteis.

Porque, al final, todo el juicio se resuelve en la mirada a la Cruz.

(TC01L)

Un mapa de la Cuaresma en tres preguntas

El miércoles de ceniza se lo escuchamos a san Pablo: Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación (2Co 6, 2).

Lo es. Llegó la hora de purificarnos. Una cuaresma bien vivida es un nuevo nacimiento. Y lo necesitamos.

Situémonos en la casilla de salida: Soy un pecador. Y Cristo ha salido al desierto para ser tentado por el diablo. Para sufrir las mismas tentaciones en que yo he caído y para que yo, unido a Él, las venza.

Di que estas piedras se conviertan en panes. Es la tentación de la voluptuosidad: gula, lujuria, pereza, consumismo… Ayunaré con Cristo. ¿De qué me voy a privar esta cuaresma?

Tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos». Es la tentación del éxito, la redención sin sacrificio, la vanidad. Caeré por tierra, seré siervo del prójimo. ¿Cómo haré para darme en limosna a los demás?

Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Es la tentación de la egolatría, de convertirme en el centro del mundo: soberbia, egoísmo, codicia… Oraré con Cristo para adorar al único Dios. ¿Qué haré esta cuaresma para rezar más?

(TCA01)

Los amigos comen juntos

Ayer considerábamos el sentido de nuestros ayunos. Hablábamos de hambre y de sed, de tristeza y soledad. Pero no te engañes, porque en Cuaresma estamos llamados a un banquete. Al mejor de los banquetes.

Mira lo que hizo Mateo en cuanto conoció a Jesús:

Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa.

Hizo lo que hace cualquiera que tiene un amigo: comer y beber con él. Y a eso estamos llamados en Cuaresma: a comer y beber con Cristo. Por eso, durante este tiempo, la Eucaristía es el mayor de los gozos.

Si no tienes costumbre de hacerlo el resto del año, te invito a que, en Cuaresma, vayas todos los días a Misa. Y vayas, no a cumplir, sino a disfrutar. A ofrecerte con Cristo al Padre en ese sacrificio, y a devorar con alegría el alimento de vida eterna que Él te ofrece. Dios te invita a un banquete en el desierto. No te prives.

Se lo he dicho a mucha gente, y quienes me han hecho caso confirmarán que tengo razón. Procura asistir a Misa quince días seguidos, aunque te cueste un poco. Pasado ese tiempo, ya no podrás vivir sin comulgar a diario.

(TC0S)

Aunque no todos lo entiendan

Nuestra sociedad opulenta es incapaz de valorar el hambre y la sed. Queremos pasar por la vida con todas las necesidades satisfechas. No le vemos sentido a la privación. Tuve que escuchar recientemente a una mujer escandalizada por la austeridad con que viven las religiosas de clausura. «¿Por qué no tienen calefacción? ¿Por qué ayunan? ¿Por qué hacen penitencia? No puede gustarle a Dios que pasemos necesidad voluntariamente». Así hablaba. Pobre. Mejor dicho: rica. Es un escándalo propio de ricos.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Es viernes. Y estamos en Cuaresma. La mirada a la Cruz es casi de precepto. Y en esa contemplación de la Pasión de Cristo veremos al Hijo de Dios sufrir la soledad, la tristeza, el hambre y la sed de afecto y de compañía. Entonces decidiremos acompañarlo, porque lo amamos. No vamos a subirle una esponja empapada en vinagre, como el centurión. Vamos a subir nosotros al Madero y a compartir con Él su hambre y su sed.

Con nuestra hambre, oh Jesús, queremos calmar la tuya. Queremos darte a beber nuestra sed. Queremos, con nuestra tristeza, enjugar tus lágrimas. Y con nuestra soledad acompañarte.

No todos lo entienden.

(TC0V)

¿Tú quieres?

¡Qué difícil es salir de casa a la primera! Salgo de casa, llego al aparcamiento, y descubro que no llevo encima las llaves del coche. O la cartera. O el teléfono. Y tengo que volver sobre mis pasos para recuperar lo que dejé olvidado.

Jesús, el buen pastor, ha bajado del cielo para recoger su rebaño y llevarlo al cielo. Pero no como yo cuando vuelvo a casa a por las llaves del coche. Él no nos llevará al cielo sin nuestro permiso. Lo dijo magistralmente san Agustín: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti».

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. No es una orden. Te está preguntando: «¿Tú quieres venir en pos de mí? ¿Quieres venir conmigo al cielo?»

Hoy debes responder. Y hacerlo con los ojos abiertos, porque Jesús te está mostrando el camino. ¿Quieres ir al cielo, sabiendo que ese camino pasa por la renuncia y por la Cruz? Porque algunos quieren que Jesús les arregle la vida. Otros querrían ir al cielo sin pasar por la Cruz. ¿Y tú?

Díselo: «Jesús, contigo al fin del mundo».

(TC0J)

¿Te da pereza la Cuaresma?

cuaresmaPuffff… ya vamos a empezar otra vez con los rigores, los ayunos, las penitencias. No me apetece nada.

Ni a mí, ni a nadie. Pero me engaña de nuevo el Enemigo. Él me muestra una cuaresma esforzada, y Cristo me llama a una Cuaresma enamorada.

¡Ojo con la Cuaresma esforzada! Porque da el pego. Consiste en que eres un pecador. ¿Te has enterado? ¡Un pecador! Y, como has cometido tantos pecados, ahora te fastidias y haces penitencias y ayunos hasta que te arrepientas y te purifiques. Esta Cuaresma esforzada da el pego porque todo eso es verdad. Pero no es la verdad.

La Cuaresma enamorada consiste en que Jesús te está llamando. Loco de Amor por ti, tu Pastor ha subido a lo alto de la Cruz para pagar tus culpas. Y, desde allí, te llama por tu nombre. Entonces tú, que andabas descarriado en los caminos de la muerte, te das la vuelta, escuchas sus silbidos, y durante cuarenta días, con la mirada clavada en la Cruz, te vas acercando a Él hasta que, llegada la Semana Santa, eres acogido junto a Él por la Virgen. Tus penitencias no son fruto de un esfuerzo. Son el abrazo del Crucifijo.

(TC0X)

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