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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El perdón de corazón, en cinco pasos

Hay quien tiembla al escuchar el evangelio de hoy. Tras proclamar la parábola de aquel siervo sin entrañas, Jesús sentencia: Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Aquí comienza el temblor. Porque a todos nos han herido, y no siempre podemos estar seguros de haber perdonado. Menos aún, cuando Jesús habla de perdonar de corazón. ¿Puedo estar seguro de haber perdonado «de corazón»? ¿Qué es perdonar de corazón?

Te diré primero lo que no es. Perdonar no es que la ofensa no te duela. No confundas dolor con rencor. «Cada vez que pienso en ello, me duele; luego no debo haber perdonado». Mentira. Eso sólo significa que te hicieron daño, y la herida no ha sanado. Ese dolor no es pecado.

Para empezar, perdonar es querer perdonar. Si quieres perdonar, vas por buen camino. También es renunciar a hacerle pagar la ofensa al ofensor. Demos un paso más: Ofrece el dolor causado por el alma de quien te lo causó. Cuarto paso: reza por quien te hizo daño. Y, en quinto lugar: No tienes por qué intimar con quien te hirió; pero, si se acerca a ti… trátalo bien.

(TOA24)

Homilías «bonitas»

Es como cuando se acerca alguien a la sacristía y dice al sacerdote: «¡Qué homilía tan bonita, padre!». Pero luego sale de la iglesia y hace lo que le viene en gana. La homilía ha sido una experiencia estética. Como cuando vas a un concierto. Pasas un buen rato, pero no cambia tu vida.

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? El Señor sufrió esa impotencia. Habló hasta quedarse sin aliento, y muchos alabaron su predicación, pero apenas nadie le obedeció. Y, desde luego, apenas nadie lo acompañó a la Cruz, donde su predicación fue consumada por el sacrificio de obediencia al Padre.

Quizá me leéis algunos sacerdotes. No confiéis en vuestra predicación, ni siquiera cuando os viene alguien a decir lo mucho que le ha removido. Dios nos libre de las homilías «bonitas» y del movimiento alocado de aguas superficiales que sólo forma olas llenas de espuma. Somos más eficaces por el fervor con que celebramos la Eucaristía que por todas las palabras pronunciadas en el sermón. Porque el fervor del sacerdote ayuda a recogerse al fiel, y ese recogimiento abre las almas para que las palabras del Evangelio y del sermón calen hondo.

(TOP23S)

Los clarividentes

Si alguien me dice que ve a san Roque todas las mañanas junto a la vitrocerámica de su cocina, desconfío. En general, y salvo que la Iglesia avale sus visiones, desconfío de los «videntes». Pero hay algo peor: los clarividentes. Los clarividentes me producen pánico.

Como todo lo ven clarísimo, siempre tienen razón y tú eres un ignorante si les llevas la contraria. Dentro de ese horripilante grupo, hay un subgrupo especialmente peligroso: los clarividentes del sagrario. En cuanto dicen: «Esto lo he visto muy claro ante el sagrario», estás perdido. ¿Qué les vas a decir, si les ha hablado Dios? Bueno, yo les digo que delante del sagrario se pueden ver muchas estupideces.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Tengo ya «cierta edad», y he visto claras muchas cosas en mi vida. La mayoría de ellas, al cabo de diez años, me han parecido errores garrafales. Hoy sólo me dejaría matar por las verdades de la Fe.

Tú, clarividente, hazme caso. Cuando veas algo muy claro, échate a temblar. A ver si con el temblor se te cae la viga.

(TOP23V)

Cuestión de expectativas

Seamos realistas: Llevado hasta sus últimas consecuencias, el Sermón de la Montaña nos convierte en los últimos de los hombres. San Pablo llega a decir que somos la basura del mundo, el deshecho de la Humanidad (1Co 4, 13).

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tampoco diré que estamos destinados a la humillación permanente. Tenemos amigos, personas que nos quieren y a quienes queremos, ángeles que Dios envía a nuestro paso para que no olvidemos que somos muy amados. Y esta realidad debe despertar en nosotros un profundo sentimiento de gratitud. Pero recibamos ese cariño como un don inmerecido.

Porque si lo que realmente queremos es destacar, que nos traten bien, que nos agradezcan lo que hacemos o, simplemente, que nos dejen en paz, entonces somos incompatibles con el Sermón de la Montaña y más nos valdría tomar otro camino.

Pero si lo que deseamos es ser cristianos, agradezcamos el cariño de los nuestros y no nos escandalicemos si «otros» nos tratan como trataron al propio Cristo.

(TOP23J)

La dicha que brota de la Cruz

Hay una extraña bienaventuranza en el Apocalipsis: Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor (Ap 14, 13). Jesús declaró bienaventurados a quienes el mundo tiene por desdichados: Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los que ahora tenéis hambre… Bien­aventurados los que ahora lloráis… Bien­aventurados vosotros cuando os odien… Pero extender esa dicha a los muertos ¿no es llevarlo demasiado lejos?

No lo es. La bienaventuranza del Apocalipsis es el resumen de todas las demás. San Pablo anuncia: Habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 3).

No se puede gozar la vida eterna si primero no se entrega la vida temporal.

Sé que el cristiano burgués de nuestros días se rebela contra esto. Por eso quieren desplazar la Cruz y arrebatarle el lugar central. No quieren morir. Quieren tenerlo todo en esta vida, y gozar también de la otra. Revisten de prácticas piadosas su vida aburguesada, y se licúan mientras participan en asambleas que no son sino una exaltación del sentimiento. Pero eso no es vida eterna. Es lujuria espiritual.

Mueve la Cruz del centro, tan siquiera un milímetro, y, aunque la reemplaces incluso con una custodia, el resultado será un sucedáneo burgués del cristianismo.

(TOP23X)

Quien honra a la madre honra al Hijo

Me ha hecho gracia tu pregunta: «Padre, he estado media hora rezando ante el sagrario, y me he dado cuenta de que la pasé hablando con la Virgen. ¿No se habrá ofendido el Señor?».

Podría decirte que, en nuestra parroquia, cuando los jueves exponemos el Santísimo, rezamos el rosario ante la custodia. ¿Crees que se ofende el Señor?

También podría decirte, y esto es más personal, que cada mañana, cuando despierto del sueño, ofrezco el día que comienza rezando el «Bendita sea tu pureza». ¿Crees que se ofende el Señor?

No, no y no. No se ofende el Señor. Al Señor le agrada y le llena de orgullo que honremos a su madre. Y todo el culto que profesamos a la Virgen llega a Cristo, porque ella se lo entrega.

La criatura que hay en ella viene del Espí­ritu Santo. Y así, como está llena de Cristo, cualquier alabanza o ruego dedicados a la Señora alcanzan siempre al Señor.

No temas, por tanto, que un «exceso» en la devoción a la Virgen María pueda ofender al Señor. Teme, más bien, que esa devoción quede en un sentimentalismo hueco y no transforme tu vida a imagen de la vida de Cristo.

(0809)

Sujetos y objetos

Cuando Jesús sanó al hombre de la mano paralizada, había muchos más enfermos, y más graves, en la sinagoga. Pero sólo aquel hombre pudo ser curado. Los otros no quisieron ni siquiera reconocer su enfermedad.

Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.

La enfermedad del pobre hombre estaba en la mano. La de los escribas y fariseos, en los ojos. No veían sujetos, sólo objetos. El sábado, la ley, el enfermo y el propio Jesús estaban despojados ante su mirada de todo misterio; eran meros objetos. Por eso, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús. Como discutirías qué hacer con un grano molesto en el codo. Eso era Jesús para ellos: una cosa, un grano que había que extirpar.

Cristo, el buen pastor, mira a las personas y a cada persona. Y sufre por la enfermedad de aquel hombre, y por la dureza de corazón de cada uno de los escribas, y por nuestros pecados. Quiere salvarnos a cada uno, y por cada uno entrega su vida.

Miremos por sus ojos. Que un ser humano nunca es un problema y siempre es un misterio.

(TOP23L)

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