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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El amigo alemán

Me he comprado un congelador. Hasta ahí, todo bien. Es –me dicen– un congelador bueno. Mejor todavía. Como parece que todo lo bueno tiene que ser sofisticado, está lleno de botones. Tengo que aprender a usarlo. Pero el manual de instrucciones está en alemán. Y yo no sé alemán. Puedo devolver el congelador. O puedo pedir a un amigo alemán que me lo explique. Es lo que he hecho. Incluso me ha traducido lo esencial. Ahora el congelador no tiene secretos para mí.

Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Tus evangelios están en perfecto castellano. Pero, aun así, quizá haya pasajes o frases que no entiendas o te resulten oscuras. Si pasas página, te quedarás sin el tesoro que esa palabra encierra para ti. No te lo aconsejo. Es mejor lo del amigo alemán.

Primero, siéntate ante un sagrario y pide al Espíritu el don de entendimiento para comprender esa palabra. Guarda silencio y escucha en tu interior. Y, muchas veces, la palabra se abrirá ante ti. Pero, si no sucede, acude al confesor para que te lo explique. No tienes un amigo alemán, tienes dos. Aprovéchalo.

(TOP16V)

Un huevo frito en la Última Cena

Esa falsa dicotomía entre Marta y María, trabajo y oración, lleva a muchos a un desdoblamiento que les hace sufrir inútilmente. Quisieran estar todo el día ante el sagrario, porque, en cuanto salen de allí, pierden la presencia de Dios. O les cuesta encontrar tiempo para rezar, porque andan afanados en sus mil urgencias.

No nos salvaremos sin rezar, pero rezar tampoco basta: hay que entregar la vida. Y es preciso estar tan unidos a Cristo cuando nos postramos ante la custodia como cuando freímos un huevo o cerramos un acuerdo comercial.

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Sin Mí no podéis rezar. Y sin Mí no podéis freír un huevo porque, si lo hacéis sin Mí, sólo os servirá para muerte. Un huevo frito en unión conmigo, no sólo sabe mejor, sino que es parte de la Última Cena, porque es prolongación de la Eucaristía.

¿No lo entiendes? Pasa todos los días media hora ante un sagrario, comulga y enamórate. Y así, enamorado, trabaja con Cristo en el taller de José, haz deporte con Cristo, y fríe un huevo en la sartén de la Virgen.

(2307)

Donde no sabes

MagdalenaHay todo un tratado de vida espiritual en ese encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena. Basta con darle la vuelta a una frase y, como quien ha acertado con la clave de una cámara secreta, se abre una puerta que lleva al cielo a través de un camino de tinieblas.

No sé dónde lo han puesto.

Gira la frase como el bombín de una cerradura: «Lo han puesto donde no sé».

Primero vives de lo que sientes. Emoción, lágrimas, milagros, cantos, desmayos, asambleas y retiros que más parecen atracciones de una feria espiritual. Pero, si te quedas ahí, jamás conocerás al Señor.

Luego, como en el amor humano, desaparece el sentimiento, y entonces vives de lo que sabes. Estás ante el sagrario, y te parece una caja vacía. No sientes nada, incluso llegas a sentir tedio. Pero sabes que Cristo está allí.

Hasta que se hace de noche. Y entonces vives de lo que no sabes. Nada de cuanto sabías te sirve. El misterio es mucho más que eso. Te adentras en las tinieblas, escuchas los silencios, y abrazas a Cristo en lo profundo de un abismo. Ahí está la Verdad. Pero no la puedes contar. Es inefable. Descansas.

(2207)

La cara que se le quedó a la Virgen

Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte«¡Menuda cara se le quedaría a la Virgen!». Es la frase con que una persona me comentó el evangelio de hoy. Me troncho.

Jesús está enseñando al pueblo. Le avisan de que han llegado mamá y los primos a visitarlo. Y el Señor responde: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Ahora te diré qué cara se le quedó a la Virgen: una expresión muy serena de paz y alegría. Entre otras cosas, porque los primitos la llevaban de rehén para sacar a Jesús de la circulación. Pero, más que por eso, porque ella, como nadie, había dedicado la vida a hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Y lo sabía. Por eso se dio directamente por aludida ante las palabras de su Hijo.

Ella entendía lo que quería decir Jesús: los vínculos de la carne se descomponen. Pero los vínculos que crea el Espíritu entre los santos son eternos. Jesús le estaba diciendo: «Lo que hay entre tú y Yo es para siempre».

Imagina ahora la cara de la Virgen.

(TOP16M)

El Señor esté en tus labios

Hay personas a quienes no se les cae el «yo» de la boca. En cuanto empiezan a hablar, te ponen al día de lo que han comprado, lo que les duele hoy, lo bien o mal que han dormido, lo que van a comer o los muchos problemas que tienen. Creen ser el centro del mundo, y te dan el parte de las noticias de interés para el planeta.

Jesucristo habló mucho de sí mismo. Pero, en su caso, todo era distinto. Porque Él es realmente el centro del Cosmos.

Aquí hay uno que es más que Jonás… Aquí hay uno que es más que Salomón. Hacía poco había dicho que Él era más que el templo, y que era Señor del sábado.

Podríamos decir mucho más y nunca acabaríamos; mi conclusión es esta: «Él lo es todo» (Eclo 43, 27). Estas palabras están escritas mucho antes de que Jesús naciera. Pero anunciaban la llegada del hombre más autorizado para hablar de sí mismo.

Ni tú ni yo somos el centro del Cosmos. Por eso, más nos valdría reservar el relato de nuestra vida para el confesor o para el cónyuge y hablar más de quien realmente lo merece: Cristo.

(TOP16L)

El misterio del mal y la paciencia de Dios

El misterio del mal es el gran obstáculo que muchos encuentran para aceptar la existencia de Dios. «Si Dios existe, ¿por qué hay guerras? ¿por qué hay injusticias? ¿por qué mueren inocentes? Si Dios existiera, no lo permitiría».

Realmente quieren decir: «Si Dios existiera, tendría que hacer lo que haría yo». Sólo admiten a un dios a su imagen, no conciben que Dios pueda sorprenderles ni, desde luego, que sean ellos quienes deberían imitar a Dios.

He escrito al comienzo de estas líneas «misterio del mal». El que Dios otorgue al ser humano el don de la libertad, y no le retire ese don cuando el hombre se vuelve contra Él o contra su hermano es algo que nos desborda por todas partes y nos deja boquiabiertos. Pero cerrar de un portazo la puerta del misterio y darse la vuelta es propio de mediocres. Abrir los ojos y contemplar es de sabios.

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Habrá una siega, un juicio final, un tiempo en que todo será trigo. Pero, hasta que ese día llegue, Dios quiere que convivamos con el mal, que lo suframos, que lo redimamos. Por eso plantó una cruz en el centro del campo.

(TOA16)

La gran evasión

Me he acordado del punto 132 de «Camino»: «No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye!».

Huir no siempre es de cobardes. Lo es cuando es preciso entablar combate. Pero, por ejemplo, quien está cautivo debe procurar huir. Y también el soldado a quien quieren hacer prisionero.

Los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Él los curó a todos.

¿Acaso no trata de eso el cristianismo? Precisamente, de escapar con Jesús de la muerte y ser sanado al contemplarlo. Mira cómo, en un incendio, la gente abandona su casa y sale con lo puesto buscando la ruta de huida. Eso hacemos nosotros: dejamos todo atrás menos a Cristo y, siguiéndolo, nos adentramos en el desierto como hicieron los hebreos siguiendo a Moisés.

Después, en esa huida, lo seguimos hasta el Calvario y, allí, Él rompe la trampa de la muerte abriendo en ella una grieta en forma de Cruz. Y por esa grieta, tras Él, escapamos hacia el cielo.

¿Quién quiere perder tiempo dándose de mamporros con los demonios? Nosotros no. Nosotros escapamos. La vida y la Pasión de Cristo son la gran evasión, nuestro Éxodo.

(TOP15S)

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