Muchos piensan que el juicio particular consiste en que, tras la muerte, te encuentras al Señor sentado en una mesa con un montón de papeles. Allí figuran tus pecados y tus méritos. Tú te echas a temblar. Y el Señor se pone las gafas, repasa los papeles y te dice: «Un cinco y medio. Te salvas de milagro». Entonces respiras aliviado y pasas al cielo de los mediocres, que siempre será mejor que el infierno.
No lo piensan así, pero en el fondo lo piensan.
Pero no es así.
Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente. El cielo es un banquete, y tú estás convidado. ¿Entrarás o no?
Empezaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor».
Es el problema de los ricos: Tienen poca hambre y mucho que hacer.
Tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.
Es la ventaja de los pobres: Tienen mucha hambre y poco que hacer.
No serán tus pecados los que te impidan salvarte, sino el estar tan saciado de tierra y con tan poca hambre de Dios. Ojalá mueras hambriento de cielo.
(TOP31M)

















