Conocí a una mujer que, cuando venía a misa, buscaba el último banco, el último rincón de la iglesia, allí donde no hubiera nadie cerca. No quería tener que estrechar ninguna mano en el rito de la paz. Deseaba asistir a misa sin que nadie la perturbase. No estaba muy bien, la pobre.
Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos. Desde el principio quiso Jesús que ningún cristiano estuviera solo. Que todos tuvieran hermanos cerca. Me dirás que ya tienes a tu familia, vais a misa juntos y oráis juntos en casa. Y te diré que no basta. Es necesario que vivas tu cristianismo en una familia espiritual, entre hermanos que lo sean por la fe.
Ellos te harán experimentar que no caminas solo. Y también te importunarán y te harán sufrir, porque esa intimidad, entre pecadores, genera roces propios de la vida familiar. ¿Acaso crees que ningún apóstol se peleó con su compañero de camino? Así aprenderían a amar al hermano tal como es, también con sus defectos.
Busca esa familia. En tu parroquia, o en algún grupo cristiano donde te sientas en casa. No quieras vivir tu cristianismo en solitario. Ten hermanos.
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