Os voy a contar algo personal. No por hablar de mí, sino porque creo que mi reflexión también os puede hacer bien a vosotros.
Gran parte de mi tiempo se lo llevan los novios. Tengo bodas a porrillo. Y nueve de cada diez parejas no son de aquí. Por tanto, les dedico días y días, hablo con ellos horas, oficio su boda… y no los vuelvo a ver. Siempre les digo: «Venid de vez en cuando a saludar». Pero ni caso. En ocasiones, me siento como el empleado de una gasolinera. Vienen, les echo la gasolina del sacramento, arrancan el coche y adiós muy buenas. Hasta nunca.
Pero luego pienso en mi amigo Javier, capellán de hospital. Él vino a celebrar una boda aquí y me dijo: «Igual que yo. Los atiendo y se me van o se me mueren». Y pienso en los apóstoles: Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes. Llegaban, sembraban y se marchaban.
Entonces doy gracias a Dios por todos los que vienen y se van. Y, entre que vienen y se van, Dios nos permite dejar sembrada en ellos una semilla de Vida.
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