La tierra rechazaría, la tierra escupiría, la tierra mataría y la tierra abrazaría.
La tierra rechaza: Una parte cayó al borde del camino. No quiere la semilla, no le interesa en absoluto. Estás en misa, y ni siquiera prestas atención. Si, tras la proclamación del evangelio, te preguntan por la antífona del salmo que repetiste cuatro veces, ni te acuerdas.
La tierra escupe: Otra parte cayó en terreno pedregoso. Te has creído que la palabra de Dios es un chicle: la saboreas y después la tiras. Eres puro sentimiento. Qué bonitos los cantos de la misa. Hoy has llorado al comulgar. Dos horas después, cuando llegas a casa, ya no hay quien te aguante. Ahora lloran ellos.
La tierra mata: Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Tus mil preocupaciones, tus «problemas personales», tus afanes y distracciones son cuchillos que matan la palabra en cuanto entra. ¿En qué estás pensando? Nunca en Dios.
La tierra abraza: Otra cayó en tierra buena. Traes la palabra ya leída desde casa. Prestas atención, la acoges como el más preciado tesoro. Al comulgar, te la repites. Y sales de misa meditándola. Y procuras no soltarla en todo el día. Como quien abraza.
(TOA15)

















