Mucho se disgustó Dios cuando Israel, en tiempos del profeta Samuel, pidió tener un rey, como los demás pueblos. Hasta entonces, Dios había sido su rey. No es a ti a quien rechazan, sino a mí (1Sam 8, 7), dijo Yahweh a Samuel. Desde Saúl hasta Herodes, la historia de los reyes de Israel es una sucesión de deslealtades.
La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo. Ya ni siquiera piden que Dios les nombre un rey. Quieren nombrarlo ellos mismos, para tenerlo en su poder. Jesús había llenado sus vientres, los había saciado de pan. ¿Qué más querían? Por desgracia, nada más. El vientre satisfecho y los bolsillos llenos. La modernidad no ha inventado nada.
Pero Jesús sube al monte. Y reinará desde el monte, desde el Calvario. Y no llenará los vientres, sino las almas. Y será despreciado por los grandes de este mundo, que también quisieran un rey a su servicio. Pero ellos morirán, mientras quienes se sometan al reinado de Cristo tendrán vida eterna.
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