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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El tesoro del cristiano

«Atesorar» es reunir un tesoro. Uno compra una caja fuerte y va depositando en ella collares, brazaletes, diademas, anillos, pulseras… Así durante años. Y, al cabo de años de atesoramiento, tienes ya en la caja fuerte el tesoro de Sierra Madre dispuesto para vestirte como la reina de Saba, o para que venga el juez, te lo confisque y te pida explicaciones.

Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban.

Si pensáis que en el cielo se atesora como en la caja fuerte, podríais llegar a creer que se trata de ir echando al cielo sacos de méritos para gozarlos después de la muerte. Pero os equivocáis. En el cielo no se atesora así.

Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. No es necesario ir enviando méritos al cielo día a día. Allí ya están los méritos de Cristo, que nos pertenecen. Lo que hay que enviar al cielo es el corazón. Y entonces tus tesoros ya no son las riquezas, ni la salud, ni el prestigio, sino la gracia, el Amor de Dios, la Eucaristía, la Virgen… Antes de morir, ya eres inmensamente rico.

(TOP11V)

Por no tirarse a esa piscina

Te sorprendes de ti mismo. Hace cuatro años llevabas más de veinte sin pisar una iglesia. Y, tras estos cuatro años, durante los cuales has asistido a Misa diariamente, te preguntas cómo puede la gente vivir sin comulgar. ¡Si tú mismo viviste así!

Me respondes que no. Que no viviste. Que ahora te das cuenta de que aquello no era vida. Era movimiento, movimiento hacia la muerte, pero no vida. Ahora, gracias a la Eucaristía, has descubierto lo que es vivir. Y, cada vez que comulgas, te dices por dentro: «¡Esto es vida!»

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Y entiendes que esta petición del Padrenuestro es una invitación a la comunión diaria. Porque la comunión es el verdadero maná, el pan de Vida. Ahora lo sabes.

Pero no trates de explicárselo a quien no comulga, porque no te entenderá. Como tampoco tú lo hubieras entendido entonces. Es preciso sumergirse en la Eucaristía para conocer esa Vida, que es vida eterna.

Ahora que vienen los calores, te diré que la lástima es que sean tan pocos quienes se lancen a esa piscina. Muchos se quedan en la orilla, diciendo: «El agua está muy fría, no es de precepto». Pobrecillos.

(TOP11J)

El callejero y el libro de la Vida

En ocasiones hay que elegir entre merecer que pongan tu nombre a una calle o merecer que escriban tu nombre en el libro de la Vida. ¿A quién quieres agradar, a los hombres o a Dios? Ya, ya sé… Si pudieras, elegirías agradar a Dios y agradar también a los hombres; llegar al cielo habiendo recorrido en la tierra un pasillo de aplausos. Pero eso no es posible. Tienes que elegir. Muchos santos han pasado en este mundo por idiotas. Y también hay idiotas que han sido tenidos por santos mientras les duró el engaño.

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Ésa es la diferencia.

Para que pongan tu nombre a una calle, debes cuidar tu imagen pública. Peina bien tus redes sociales, encárgate de que conozcan lo mejor de ti (aunque tengas que inventarte alguna cosa). No sé si decirte que te deseo suerte, no estoy seguro…

Para que tu nombre esté escrito en el libro de la Vida, ni siquiera hace falta que te canonicen. Cuida lo escondido. Una genuflexión cuando nadie te ve, un beso al crucifijo de tu dormitorio, una limosna sin remitente… Y que los hombres digan de ti lo que quieran.

(TOP11X)

El whisky no calma la sed

Una fuente que mana agua limpia día y noche es un regalo del cielo. Pero no es garantía de que nadie morirá de sed. Es preciso que los hombres se acerquen a ella y beban. Me he acordado de la película de John Ford «Los tres padrinos». Un vaquero idiota decide cruzar el desierto con la cantimplora llena de whisky. Tarde se dio cuenta de que el whisky no calma la sed.

Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Pero no muestra su intimidad a cualquiera. Eso lo reserva sólo para sus elegidos. Tampoco el sol broncea a cualquiera, sino a quien pasa tiempo expuesto a él. Ni la lluvia hace fértiles todos los campos, sino los de aquéllos que sembraron.

Despertad. No os adormiléis pensando que la bondad infinita de Dios es garantía de salvación eterna. El que Dios sea bueno no supone necesariamente que nosotros seamos santos. Para ello debemos acercarnos a Él, dedicar tiempo a la oración, beber en la fuente de los sacramentos, y dejarnos amar por Él, hasta que se cumplan en nosotros las palabras del Señor: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

(TOI11M)

Muertos que sonríen

En algunas de sus declaraciones, el Sermón de la Montaña es un disparate para el mundo. ¿Cómo se puede pedir a un hombre que se comporte así?

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto.

Semejantes consejos van mucho más allá de lo exigible, incluso de lo posible. Y, sin embargo…

En el capítulo 16 de los Hechos se cuenta cómo Pablo y Silas, después de haber sido molidos a palos, estaban cantando en la cárcel. ¡Qué locura! Y cuando las puertas de la celda se abrieron, en lugar de emprenderla contra el carcelero, lo bautizaron a él y a su familia. ¿Quién hace eso?

Que lo explique Pablo: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 2-3). La clave es ese «Habéis muerto». Sólo un cadáver se deja abofetear y despojar así. Y eso hacemos: entregamos al mundo nuestro cadáver para que lo entierre mientras nosotros, en lo profundo del alma, gozamos de Dios. Y el mundo no puede entender cómo nos ve tan felices.

(TOP11L)

Parábola del supermercado

Si el templo fuera un supermercado, habría que decir que algunos salen de misa con el carro lleno hasta arriba. Espíritu Santo, consuelos divinos, Pan eucarístico, caridad de los hermanos, paz, alegría… Menos mal que nada de eso pesa. No podrían con tanto. Otros salen con una bolsa medio llena. Otros llevan su pequeña «compra» en la mano. Y otros salen como entraron. Depende de las disposiciones que llevase cada uno. Quien se preparó bien para la Eucaristía llevaba un carro, o varios. Quien llegó justito a Misa y se marchó corriendo, una bolsa. Quien pasó la Misa mirando el reloj… Ésa es la diferencia entre el templo y el supermercado. La bolsa, o el carro, tienes que traerlo de casa. Y lo que lleves, bolsa, carro o bolsillo, te lo llenarán.

Hay otra diferencia: el ticket. No hay. Puedes dejar una limosna en el cestillo, pero no hay ticket. Cuanto recibes es gratis.

Lo extraño es que no haya colas para entrar. Porque muchos no saben que allí se reciben gratis tesoros que el dinero jamás podría comprar. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Hacédselo saber a los hombres.

Gratis habéis recibido, dad gratis.

(TOA11)

Vida contemplativa

Cuando nos hablan de vida contemplativa, rápidamente viene al pensamiento la imagen de una religiosa de clausura postrada ante un sagrario y meditando las Escrituras. Y no vamos errados, eso es vida contemplativa. Ojalá todos, y no solo las religiosas de clausura, contempláramos la palabra de Dios ante el sagrario.

Pero no sólo eso es vida contemplativa.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

¿Qué es «todo esto»? Todo esto es la vida de la Virgen, los acontecimientos que la desbordaban: Un ángel de rodillas ante ella, un Dios recostado en un pesebre, un anciano que le anuncia una espada, un niño que se queda en «las cosas de su Padre» sabiendo que la angustia devoraría el corazón de su madre…

No puede entenderlo. Tampoco lo intenta. Sólo lo guarda, lo contempla, y el Espíritu, poco a poco, lo ilumina. Ella calla y ora.

Y es que no es preciso recluirse en un convento para tener vida contemplativa. Algunas almas están llamadas a la clausura, pero a la contemplación estamos llamados todos. Ante el sagrario… ¡y en la calle! Ante una enfermedad, ante el nacimiento de un hijo, ante la muerte de un ser querido… Contempla, calla y ora.

(ICM)

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