Esa Virgen en pie sobre un pilar es la plasmación viva, en forma de mujer, de la casa cimentada sobre roca de la que habló Jesús en sus parábolas. La Roca era Cristo (1Co 10, 4).
Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? (Prov 31, 10). Ella es la mujer fuerte. Ante la pobreza de Belén, la persecución de Herodes, las penurias del exilio en Egipto, la pérdida de su Hijo en Jerusalén, la persecución de sus parientes y, sobre todo, fuerte y serena al pie de la Cruz.
De no ser por la ternura con que nos ama, nos daría vergüenza mirarla. A nosotros las riquezas nos han debilitado, nos han vuelto sensibleros. Sabemos llorar y emocionarnos, pero ya no sabemos sufrir. No afrontamos el dolor con valentía, preferimos quitarnos de encima los problemas. Si has quedado embarazada sin esperarlo, mata al niño. Si tu matrimonio va mal, divórciate. Si la enfermedad te ciñe con el dolor, pide la eutanasia. Todo menos afrontar el sufrimiento.
Hemos renegado de la Virgen y su Pilar.
Pero ella nos sigue invitando a volver al Crucifijo. Al Pilar. A la fortaleza de los débiles que todo lo pueden porque se apoyaron en la Roca.
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