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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El verso suelto no hace poema

Llaman libertad al desarraigo. Rompen los vínculos, se desentienden de todo el mundo, desprecian cualquier autoridad, hacen lo que les viene en gana, y dicen: «Voy por libre». Soy un «verso suelto». Como si uno de los violines de una orquesta olvidara la partitura y a sus compañeros, e improvisara una melodía que nada tiene que ver con el concierto. Olvidan que quien «va por libre» acaba esclavo de su capricho. Y que el «verso suelto» no hace poema sin los demás.

Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. El propio Jesús rompió con su madre y sus hermanos, abandonó su pueblo y emprendió el camino marcado por su Padre. Pero no se desentendió de ellos. Rompió los vínculos de la carne y amó a los suyos con Amor divino. Se entregó en la Cruz por sus hermanos y su madre se asoció a esa ofrenda junto al Leño.

Recuérdalo, y ojalá lo entiendas. No estamos llamados a amar menos, sino a amar mejor. Aunque a veces duela.

(TOP31X)

Poca hambre y mucho que hacer

Muchos piensan que el juicio particular consiste en que, tras la muerte, te encuentras al Señor sentado en una mesa con un montón de papeles. Allí figuran tus pecados y tus méritos. Tú te echas a temblar. Y el Señor se pone las gafas, repasa los papeles y te dice: «Un cinco y medio. Te salvas de milagro». Entonces respiras aliviado y pasas al cielo de los mediocres, que siempre será mejor que el infierno.

No lo piensan así, pero en el fondo lo piensan.

Pero no es así.

Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente. El cielo es un banquete, y tú estás convidado. ¿Entrarás o no?

Empezaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dis­pénsame, por favor».

Es el problema de los ricos: Tienen poca hambre y mucho que hacer.

Tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.

Es la ventaja de los pobres: Tienen mucha hambre y poco que hacer.

No serán tus pecados los que te impidan salvarte, sino el estar tan saciado de tierra y con tan poca hambre de Dios. Ojalá mueras hambriento de cielo.

(TOP31M)

Una muerte santa

Quienes rezáis la Liturgia de las Horas conocéis esta súplica que pone fin a la oración de Completas:

«El Señor nos conceda una noche tranquila y una muerte santa».

Esa oración nos recuerda cada noche que el sueño es una preparación para la muerte. Quien se entrega al descanso nocturno habiendo pedido perdón a Dios por sus faltas para después recitar los salmos del Salterio dormirá bien y morirá mejor. Y si, tras apagar las luces, desgrana en la cama las cuentas del rosario, la misma Virgen que lo acuna hasta que duerme lo hará despertar un día ante el rostro dulcísimo de su Hijo Jesús.

La muerte es fea, es hija del pecado y nieta de Demonio. Pero, en la Cruz, Cristo ha convertido la muerte en sueño y el cielo en día. Ésa es la «muerte santa»: la de quien se duerme en el Señor.

Cuando rezo ante un difunto, no puedo decir que está en el cielo; no lo sé. Pero si sé que ese difunto ha recibido los santos sacramentos, puedo decir que se ha ido al cielo, aunque le quede un camino de purificación por recorrer.

Vivid en gracia. Dormid en gracia. Iréis al cielo.

(0211)

Estamos llegando a casa

Ya pasé esa época en que, por estas fechas, soltaba fuego por la boca arremetiendo contra el dichoso Halloween. Hoy sé que no vale la pena. Se nos llena la garganta de tinieblas. Y damos protagonismo a un Enemigo empeñado en llamar la atención. Mejor ignorarlo.

Mejor llenarnos de luz la boca. Porque noviembre se inicia con una catarata de luz. Se abren las puertas del cielo, y contemplamos a una multitud de hermanos nuestros que han llegado a Casa y cantan jubilosos la gloria del Cordero.

Sí. He escrito «a Casa». Nuestra casa no está aquí, aquí vamos de camino. Y, mientras nos fatigamos con cada paso, para que no nos desanimemos, la Iglesia nos va sirviendo el aperitivo de ese banquete celestial. Y pregustamos el Amor de Dios, gozamos la vida eterna, saboreamos cada comunión… Eso nos llena de esperanza.

Los santos nos esperan y nos alientan. Nos recuerdan cada día que se nos está preparando una mesa en el Hogar. Y entonces sentimos prisa, quisiéramos llegar ya y sentarnos con ellos.

Pero aún tenemos un camino que recorrer. Y muchas almas que recoger a nuestro paso. Alguien se ha empeñado en que lleguemos a Casa con hambre.

(0111)

El taburete del poeta y la cátedra de la Cruz

Me comenta un estudiante universitario cómo fue la presentación de un profesor recién llegado a la Facultad. Movido por una «humildad» digna de mejor causa, dijo a los alumnos: «Vengo a aprender de vosotros». Y el joven me dice: «Que nos lo cambien por otro. Nosotros queremos a alguien que venga a enseñarnos».

Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto. Se ha puesto de moda esa impostación de humildad entre quienes son llamados a hacer cabeza. La misma frase que dijo ese profesor se la he escuchado a obispos cuando llegan a una diócesis, y a párrocos cuando llegan a su nueva parroquia. Queda bonito, pero con poesía no se lidera.

Para un padre, un sacerdote, un obispo, un catequista, o un maestro ocupar el último puesto no significa renunciar a enseñar o a ejercer autoridad. Tampoco Cristo lo hizo. Y fue Él quien nos mostró dónde se encuentra ese último asiento: en la Cruz.

Ocupar el último puesto significa ejercer la autoridad desde la Cruz, como un servicio, y no como una forma de poder. Y estar dispuesto a aceptar el fracaso. Y a entregar la vida por quienes el Señor ha puesto en sus manos.

(TOP30S)

Tu mano sobre mí

El poder de una mano cargada con cariño sobre un hombro es algo que tengo más que comprobado. En ocasiones, cuando alguien está sufriendo en silencio, basta que un buen amigo, uno bueno, uno de esos a quienes el afecto los lleva a tener percepciones extrasensoriales, pose su mano en el hombro del afligido para que el atasco de tristeza se deshaga y broten las lágrimas sanadoras en confidencia. De algún modo, esa mano está sanando al enfermo.

Jesús, tocando al enfermo, lo curó.

Es la mano del médico. Pero los médicos, hoy día, curan desde el otro lado de la mesa. Incluso, gracias a los adelantos técnicos, operan a distancia, desde un monitor, mientras una máquina realiza el trabajo «sucio». Y, si operan en persona, lo hacen con guantes y mascarilla. Es lógico, nada que alegar, pero…

«¡Oh mano blanda, oh toque delicado!», escribía san Juan de la Cruz. No hay nada como el poder de una mano cargada de cariño. Y si es la mano del Hijo de Dios, y ese cariño es el Espíritu Santo… ¡cuál no será su poder, si nos dejamos tocar!

Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma (Sal 138, 5).

(TOP30V)

Ni un paso atrás

Algo que me sorprende y me maravilla en Jesús de Nazaret es que jamás da un paso atrás. Ante los peligros, la contradicción y las amenazas, siempre dobla la apuesta y da un paso más hacia delante. Nadie logró hacerle retroceder un milímetro.

Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte.

Es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.

Toda su predicación y sus milagros de nada han servido, Jerusalén sigue rebelde. Si ven resucitar a Lázaro, en lugar de convertirse decidirán matarlo junto con Jesús. Y Cristo llora: Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido.

Llora, pero no retrocede. Podría haber dicho: «Bajé del cielo para redimiros. Hice ante vosotros milagros que nadie hizo jamás. Curé a vuestros enfermos, os di palabras de Vida… ¡Y aún queréis matarme! Me vuelvo a mi Padre, ahí os quedáis, cargad con vuestro pecado hasta el infierno». Pero, en lugar de eso, lleva su Amor hasta el extremo, hasta la misma muerte, hasta el final.

Si de verdad eres discípulo suyo, recuérdalo: ¡Ni un paso atrás!

(TOP30J)

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