¿Tú has conocido a algún cenizo? Seguro que sí. Son los amigos de la botella medio vacía; los mismos a quienes temes preguntarles: «¿cómo estás?», porque igual van y te lo cuentan. Si no has conocido a ningún cenizo, eso quiere decir que el cenizo eres tú. Háztelo mirar.
Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Todo mal. Todo fatal. Les han anunciado las mujeres que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo, y no creen. Tienen a su lado a un resucitado, y siguen lamiéndose las heridas. ¡Cenizos!
A los cenizos hay que aconsejarles que vayan a Misa, pero no para contarle a Jesús lo mal que les va todo, sino para escucharlo y para abrir los ojos en la consagración.
Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Sólo una misa bien vivida puede convertir a un cenizo en apóstol.
(TPA03)

















